La neurotecnología ya no es ciencia ficción
En Gente corriente, el primer episodio de la última temporada de Black Mirror que se estrenó en abril de 2025, una mujer (Rashida Jones) entra en estado de coma y, para salvarla, su marido (Chris O’Dowd) recurre a Rivermind, un sistema de neurotecnología que la mantendrá con vida gracias a un dispositivo implantado dentro del cerebro. Como es habitual en las historias de esta serie de origen británico, lo que comienza siendo esperanzador pasa a ser terrorífico, aunque en este caso nada de lo que allí se expone resulta tan irreal.
Hace tiempo que los escenarios distópicos de Black Mirror empezaron a ser menos descabellados. Y no por un deseo de sus guionistas, sino porque la ciencia ficción cada vez encaja mejor en nuestro mundo. Así que los espectadores no pudimos mantener la estupefacción que provoca Gente corriente durante mucho tiempo: cuatro meses después conocimos la noticia de que unos voluntarios con parálisis graves –entre tetraplejia y esclerosis lateral amiotrófica– habían sido capaces de comunicarse a través de una interfaz en el cerebro. Por primera vez, un grupo de investigadores de la Universidad de Stanford había logrado que una persona se pudiera comunicar sin tener que hacer ningún movimiento, ni tan siquiera uno muy pequeño en los labios con el amago de hablar: la máquina ya es capaz de interpretar nuestros pensamientos. Y decimos interpretar porque aunque el primer concepto que nos viene a la cabeza cuando hablamos sobre este tema es el de ‘leer la mente’, no es del todo exacto.
“Todavía no se sabe leer el pensamiento como tal. Se han hecho algunas cosas en contextos muy controlados, en laboratorios de universidades, pero son pensamientos muy acotados en cuanto a que se calibra la máquina”, explica María López Valdés, neurocientífica y cofundadora y CEO de Bitbrain, una empresa de neurotecnología que desarrolla equipos electroencefalográficos y biosensores: “Hacemos dispositivos de hardware que miden las señales eléctricas del cerebro, y luego, una vez que tienes las señales, hacemos el software que nos permite traducirlas en información”.
Qué hay de real en la ficción
Aunque esta neurocientífica insiste en añadir a sus palabras el adverbio “todavía” –como certeza de que acabaremos llegando a ello–, de momento pide prudencia y advierte del exceso de bombo que se le puede estar dando a determinados proyectos: “Hay que tener mucho cuidado con el hype que se está generando con la neurotecnología, con lo que puede hacer a día de hoy, que todavía es muy limitado. Otra cosa es la potencialidad que tiene, que es mucha”. Ya hay algunas noticias que apuntan a que en unos meses podremos comunicarnos a través de un dispositivo externo con apariencia de diadema: “Están saliendo nuevas empresas y startups que, para poder llegar a desarrollar sus ideas, necesitan dinero de capital riesgo. Y una manera de conseguirlo es alimentando un poco una histeria colectiva de cosas que quizás se puedan conseguir”.
López Valdés, que fundó su empresa hace 15 años, ha visto cómo el sector de la neurotecnología ha evolucionado de una forma muy rápida gracias a la inteligencia artificial (IA): “Entonces, los dispositivos de hardware iban poco más o menos que con tornillos y gel, y ahora tenemos unos más fáciles de llevar y con materiales que son mucho más baratos de fabricar. Es como cuando hacemos una receta: si los tomates no son buenos, ya puedes hacerla bien que el plato va a salir malo. Si el dispositivo no es de muy buena calidad o la señal es mala, ocurre lo mismo. Pero la IA es capaz de coger esos tomates malos, esa señal mala, y hacer que funcione”. Gracias a ello, los wearables de Bitbrain son ya una realidad: “Hemos desarrollado una tecnología que utilizan en casa pacientes con deterioro cognitivo leve. Con ellos consiguen dormir mejor porque durante el sueño se produce la limpieza metabólica del cerebro (beta-amiloide), que está relacionada con el alzhéimer, y es posible que esto pueda retrasar la aparición de la demencia y mejorar la calidad de vida”.

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