De adolescente me tiré de cabeza al amor. Los chicos de los que me prendaba eran jóvenes atormentados de emociones erráticas. Yo me situaba a unos metros de distancia, observándolos desde el resquicio de la puerta mientras ellos escuchaban con los cascos algún tema oscuro de The Cure. Era una cría con las emociones desbordadas, incapaz de hacerme la digna o de no arrastrarme por el fango. Hubo lloros, pero llegaron los novios buenos. En realidad, muchos lo fueron (y lo son). Y se acabaron las pataletas y las conversaciones infinitas en bucle. Se abrió ante mí la posibilidad de no sufrir en el amor; de la correspondencia y la calma. Aquello me otorgó el espacio para pensar, para escribir, para tener mi mundo y replegarme en él, como les había visto hacer a ellos desde pequeña. Entendí que teníamos que aspirar a una relación así —en caso de salir con hombres heterosexuales—. Era, a fin de cuentas, lo único que importaba, el sufrimiento era cosa del pasado; lo habíamos dejado atrás, todas juntas, abrazadas a la cuarta ola feminista.
Un día, miré hacia atrás y me di cuenta de que los hombres que me habían hecho feliz compartían el mismo temple, un carácter que a veces rozaba el pasotismo, con pocas emociones. Aunque quizá solo estaban siendo más racionales que yo. En cualquier caso, No acababa de entender por qué me sentía tan cómoda con la desconexión emocional de los otros. ¿Acaso no soportaba la incertidumbre del deseo ajeno? A lo mejor solo quería que me dejasen tranquila. ¿Pero no llevábamos años y años hablando (y escribiendo) sobre la importancia de que ellos mostrasen sus emociones?
A comienzos de siglo, esta necesidad de enjudia emocional en ellos fue atenuada y confundida con la llegada del indie. Pronto entendimos que era un embuste; llegaron los aliades, descubrimos el nuevo embuste; y ahora discutimos sobre la existencia de la masculinidad performativa. Internet lo ha convertido en un meme, como hace con todo. Pero una cosa está clara: el nuevo hombre bebe matcha, lleva totes y lee a Sally Rooney. ¿No es el mismo perro con distinto collar? No exactamente. Los referentes de la masculinidad sofisticada o blandita son casi siempre mujeres (Lana del Rey, Sylvia Plath, Joan Didion). Y no es necesario decir que antes no era exactamente así. Aquellos hombres que leían cómics de Adrian Tomine y leían la Rockdelux poblaban un mundo en donde convivíamos con la escasa o nula representación femenina. Y ellos no hicieron nada para cambiarlo. El trabajo de muchas mujeres ha logrado empezar a revertirlo.

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