26/07/2026

Relatos de verano: ‘El hotel’, por Aida González Rossi

Esta pieza forma parte de la serie de relatos ‘Chicharras y chapuzones’, publicada en el número de agosto 2026 de Vogue España.

Beso sucio, beso asqueroso.
Rebe.

1 / Atardece como un vaso jugo derramado. Hay gente en la playa, aunque no mucha. Algunas cabezas de pelos rubios que cogen puñados de arena y los van soltando poco a poco. Y las tres niñas que se agarran las manos unas a otras. Manos de nudillos hundidos. Que solo brotan al final de la caricia. Cuando los dedos se extienden y apuntan, siempre, hacia el hotel. Qué nervios más exagerados, loco. En realidad, la verdad, no saben si son nervios. Una sensación extraña, mandarinosa, de ir a terminar algo que les ha ocupado casi todo este verano de calor extremo y olor a muchas cremas del sol mezcladas, de verbenas llenas y ningún espacio para bailar un fisco Marejada con la marejada al fondo accesible para los ojos. Una sensación rarísima, como de última galleta del paquete, como de que haya que redoblar el plástico con mucho esfuerzo para alcanzarla y sacarla poco a poco sin romperla. Y sujetarla con los dientes y esperar que otros dientes se acerquen a morderla: ay, no. Ahora sí nervios en el rostro quemado, descascarilloso, de Luz. Le empieza un tic. Cachete de pecas de arena que de pronto Cathy retira de un lambusión, y de pronto Yesi suelta todo el aire y, de un saltito, se levanta. Vamos. Vamos, coño. Ya.

2 / Ya son expertas en manchurrones de ferruja, colillas, patas sueltas de avispa, frutos medio nísperos medio otras cosas regados durante décadas con pipí alcoholizado y en sus interiores un olor justo a eso, arena vomitada y cagada sobre la que se han acostado fleje de veces a echar la siesta o a leer sus libritos de portadas negras y dibujitos rojos contrastando igual que ellas contrastan con su propio pueblo, con su pueblo que ya no les puede servir ni papas locas ni nada porque ya no quedan, ni traerles las revistas que les gustan las de los posters de los machos wenorros las de los consejos para aprender a morder el cuello porque solo renta ahora lo que interese a todes y no solo a algunas que. No es puntual lo de darse la mano, ¿eh?, se han pegado así todo julio agosto, enganchadas, como intentando no dejar volarse a las otras con la ventolera de los cojones bota culos de cigarro con pintalabios rojo contra sus bocas intentando dar vidilla a la escena de la camioneta al leerla en alto, la ventolera que no sale en las fotos, las fotos con las camaritas desechables también de los cojones que querrían arrancarles a les guiris de las manos y llevar cuidadosamente hasta el banquito del racimo de cucarachas para empezar a capturar cómo diez dátiles vivos se chascan otro dátil muerto todos ansiosos, extendiendo las alas, ñamñamñam. Eso se esconde debajo del bikini del pueblo. Y ellas, por algún motivo, lo único que quieren es tocar toda la mierda. Por eso se están metiendo ahí debajo del hotel: joder qué puto asco.

3 / Puto asco nada… A ver, el hotel está construido encima del mar. En 1963 decidió una gente que era buena idea erigir ahí un motroco amarillo para dormir otra gente justo sobre las aguas. En plan, columnas y columnas de cemento visto que las olas han golpeado sin cesar durante todos esos años. Deberían ser grises, pero son negras. De tanto pum pum pum. Y ellas, las tres amigas, tres flecos por los que desescalan ahora gotas de sudor de esfuerzo que ay duele mucho caminar sobre las rocas y pinchan y resbalan y de pronto las plataformas ya por fin pero son peludas.Y las manos dadas ahora son supervivencia, nocaerseyreventarseencia. Se han metido, se han metido. Y es como. Se parece a. Ah. Como lo que vuelve mucosa una mucosa, como los dientes siempre salivados y su composición es así, como dedos metiéndose entre los pelos (pelos hay por todas partes, pelos verdiazules que quieren ser escamas que a la vez quieren ser piel, pelos de peluches de Stitch hinchados, pelos de toallas de Dorada derretidas) y como un bíceps sobre cada hombro, cambiar de lado, cambiar de lado, dos olas gigantescas que se meten por la boca y ya se sabe por dónde saldrán pero la cosa es tragarlas y un calor estomacal del que nadie puede saber nada. Yesi grita, entonces. Pasa un avión que tapa el grito.

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