Esta pieza forma parte de la serie de relatos ‘Chicharras y chapuzones’, publicada en el número de agosto 2026 de Vogue España.
A Adrián, Alberillo, Álvaro, Aris, An Wei, Cris, Diana
Tiberina, Elviris, Enaration, Fede, Federica, Irene,
Luis, Marc, Mercedes, Miguelillo, Nalia, Tami, Tomasito,
por hundir el cuerpo en la misma piscina.
A las hydras Alena, Dani, Edoardo, Hara,
Moni, Sabá, Elena, Carola, por imaginarla.
La piscina medía 24 metros de largo por 12 de ancho. Su profundidad máxima era de 2 metros y medio. Al menos, eso afirmaban los planos. A mi compañero y a mí nos habían contratado para comprobarlo después de que varios bañistas denunciaran que la piscina era más profunda de lo que indicaban los rótulos. Algunos aseguraban haber tardado más de diez minutos razonables en alcanzar el fondo. Otros afirmaban que, una vez allí, necesitaban varios segundos para recordar cómo regresar a la superficie.
Las mediciones comenzaron el 16 de julio. Utilizamos en primer lugar un distanciómetro láser, por ser el procedimiento recomendado en instalaciones recreativas de tamaño medio. La profundidad obtenida fue de 2 metros y 48 centímetros. Repetimos la operación dos horas más tarde y el resultado ascendió a 3 metros y 20. Atribuimos estas discrepancias a un posible error instrumental. Recurrimos entonces a una sonda batimétrica, una plomada de acero galvanizado y, finalmente, a un equipo de ultrasonidos. Los resultados continuaron variando. La cota máxima parecía depender del día, de la hora, de la herramienta empleada e incluso del estado de ánimo del operario. Las mediciones realizadas después de comer lechona con patatas asadas arrojaban resultados un 18 % superiores a los registrados tras consumir pescado blanco y sandía. El socorrista llegó a obtener una profundidad de 14 metros. Un niño de ocho años alcanzó los 32. A partir del 19 de julio comenzamos a sospechar que ciertas personas se hundían más que otras. Calculamos un total de veinte profundidades distintas y todas parecían correctas. Dado que no logramos determinar dónde terminaba exactamente la piscina, el comité técnico decidió modificar el protocolo de trabajo. Se consideró que seguir midiendo el fondo carecía de absoluto sentido mientras no se verificara qué ocurría por debajo de él.
Las perforaciones comenzaron el 21 de julio. Elegimos un punto situado a 2 metros del trampolín porque era el lugar más adecuado para el descenso, al haber sido construido precisamente para lanzarse hacia las profundidades. Atravesamos la solera reglamentaria de hormigón y la malla electrosoldada. A los 6 metros encontramos arena de costa. El hallazgo no nos sorprendió. Todas las piscinas acumulan, tarde o temprano, una playa de pequeñas dimensiones en su interior. Tomamos nota de las incidencias y continuamos descendiendo hacia las entrañas de la Tierra. Instalamos una serie de ascensores automáticos, cada uno con su propia estación practicada en los laterales de la piscina. Funcionaban a una velocidad extraordinaria y la experiencia se parecía más a una expedición lunar que a la lenta caída asociada a los ascensores convencionales de minería. Como la jaula estaba encristalada, podíamos observar claramente los estratos por los que pasábamos. Vi desfilar ante mis ojos sucesivas capas de arcilla compactada y margas calizas. Aparecieron vetas de carbón, estratos de cuarzo y feldespato. En ciertos puntos la roca exudaba lentamente una sustancia oscura que los operarios denominaron sangrado mineral. El ingeniero jefe observó que el aire se volvía más espeso y que nuestras camisas de lino blanco se pegaban al cuerpo. Juro que vi pequeñas gotas de sudor formarse alrededor de nuestros dedos meñiques. Nadie consideró oportuno interrumpir el descenso. Era imposible no admirar la extraordinaria destreza terrestre de aquel fenómeno.

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