Esta pieza forma parte de la serie de relatos ‘Chicharras y chapuzones’, publicada en el número de agosto 2026 de Vogue España.
De los veranos recuerdo las advertencias: no te metas en el agua, no salgas a la calle. Hace demasiado calor. Pasaba los días lentos y ardientes en Santa Pola, donde no había ni una sombra y los gatos callejeros se refugiaban bajo el chasis de los coches; el descampado entero olía a sus excrementos, de tan caliente. Recuerdo los veranos como una siesta magna e infinita, de dimensiones estacionales, una colosal hora sexta en la que la quietud diurna es la escultura enhiesta de la canícula, que ocupa toda la plaza estival de mi cabeza. ¿De qué nos advierte el verano? Lo recuerdo porque lo he perdido.
Las advertencias del verano reconocen los peligros de la voluntad exacerbada, atienden con rigor el arte de perderse. No hay que probar el mar a ciertas horas; bañarse conlleva el riesgo de cortarse o romperse. No hay que probar la calle a ciertas horas; no se puede jugar con tanta luz, sin un refresco. El tiempo de la siesta, cuando dormimos durante el día porque nada más podemos hacer que refugiarnos y desaparecer, siempre ha sido un tiempo arriesgado, de tentación y tribulación. Roger Caillois nos ha explicado cómo esa sexta hora del día, en la que pastores, pescadores o jornaleros abandonaban sus labores para solazarse bajo una encina, un toldo o una chumbera, era el momento de la visitación de toda suerte de demonios e íncubos: sueños delirantes, fieras místicas y yeguas azules que arrebataban a todas las cosas su razón y su concierto. El calor revela que, pese a la costumbre y la urgencia, todas esas obligaciones y mandatos pueden interrumpirse; son inesenciales. En cada siesta se accede a la
quinta dimensión, horadada en la superficie cotidiana de las cosas por la penetración del fuego solar.
Mira también la extensión vasta, roja o dorada, de todos los desiertos que has leído o recorrido, de arena o de roca, distópicos, suburbanos, metafísicos: allí de nuevo la advertencia, el riesgo de desvanecerse, la tentación de un espíritu diferente, el sobresalto de perder la forma. El calor ha obrado en ti, hace proezas con su brazo ígneo, y solo lo sabes cuando te prueba y te deshace con su lengua roja: tal es su fuerza de no hacer nada, una potencia que todo lo para y lo detiene, hasta el curso de la sangre. ¿Y si sales? ¿Y si te asomas? ¿Y si dejas que te toque y te abrace la masa ¡ ardiente de la luz sin quicio? No quedarás indemne, porque el verano es el tiempo de la experiencia, y la experiencia es siempre marca y herida, un límite en ti que no es tuyo, de salitre o de brasa. La marca del moreno es la memoria del verano, y solo con prudencia y escucha podemos atrevernos a recibir el tacto de los afilados dedos del estío, porque el riesgo de la desintegración es verdadero. No hay nada más verdadero que el calor, que pone a bailar, a temblar, a dormir a los cuerpos hasta que los funde en un lodo indistinguible. Esa es la verdadera y más antigua de las fiestas.
De niño y sin trabajo, después de comer me quedaba dormitando o leyendo Moby Dick en el cuarto con mi hermano. La persiana bajada, la honda espera, el silencio impuesto para no despertarle. Mis abuelos dormían en mecedoras de mimbre que dejaban de balancearse, como si colgaran del suelo. El aburrimiento y la quietud eran, me parece ahora, una forma de tiempo regalado, la holgazanería de los días y la huelga de los cuerpos abriéndose paso, ahuecando el presente a la espera de la brisa vespertina o del helado. Trataba de encontrar formas y dibujos en los caprichos rugosos del gotelé de mi cuarto. No acertaba a encontrar nada; no había nada que encontrar. Allí, en la sombra secreta, con el calor afuera, iba aprendiendo que quien inventa o escribe no hace más que constatar y celebrar, con cada trazo, la misteriosa y sabrosa holgura de este mundo, su ausencia de obra. Como si escribir consistiera en recibir un golpe de calor y tantear las formas de acoger su fuerza sin que nos destroce. Es mejor contemplar a lo lejos la ballena blanca que cazarla.

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