26/06/2026

Sí, ser hija única ha influido en mis niveles de autoestima y autoexigencia (y no siempre para bien)

Ser hija única ha influido en mis niveles de autoestima y autoexigencia

Pertenezco a esa generación en la que ser hija única era como ser una rara avis. En mi clase solo lo era yo y en mi grupo de amigas también. Lo mismo ocurría en mi familia, entre todos mis primos (somos muchos) solo yo no tenía hermanos. Ahora las dinastías de hijos únicos se han incrementado notablemente –el contexto social y económico tiene gran parte de culpa– y afortunadamente no tienen que hacer frente al estigma de ‘hijo único, niño mimado’. Pero las/los que crecimos en los 80 (y antes), hemos tenido que lidiar con frases recurrentes que, de una u otra manera, venían a decirte lo mismo: como no tienes hermanos, ‘todo es para ti’ (‘lo bueno y lo malo’, pensaba yo cuando me repetían la frase, como si no tener hermanos fuera una especie de lotería de por vida).

El caso es que ahora, a mis 43 años, y tras varias conversaciones improvisadas con hijos únicos ya adultos (y con alguna que otra psicóloga) he atado muchos cabos sobre cómo ese contexto –el de casa sin hermanos y el social con el estigma y el síndrome del hijo único sobrevolando– ha afectado a mi personalidad. Una de las más recientes fue con un compañero de trabajo, hijo único también, sin ningún rasgo de personalidad narcisista (en ocasiones también se nos ha tachado de eso) y muy pendiente también de la conversación actual que hay al respecto. De hecho, en nuestra larga charla sacó a relucir cómo la escritora Julia Armfield al presentar su nuevo libro Ritos privados comentó que ella, como hermana mayor, prefería rodearse de hermanos mayores e hijos únicos porque suelen tener bastantes rasgos en común. “Hacía la broma de que le parece mucho más relevante que el horóscopo”, me cuenta mi compañero, que coincidía con Julia (y yo con ellos) en que ser hijo único es mucho más parecido a ser el mayor, en lo que a sentimiento de responsabilidad se refiere, entre otras cosas.

¿Tienen más pensamientos rumiativos los hijos únicos?

Creo que algunos de mis rasgos más definitorios son un alto nivel de autoexigencia, un overthinking constante y la sensación eterna de ser víctima del síndrome de la impostora. Aunque hay muchos factores que influyen en el desarrollo de esta personalidad, ser hija única ha tenido bastante que ver. Y no es una conclusión pueril, la psicología me da (en parte) la razón. Me lo explica Marina Barriuso Ugarte, psicóloga general sanitaria, que aunque insiste en que ser hijo único no tiene por qué ser causa de rumiación –ya se sabe, ese runrún mental constante sobre todo lo que hacemos o decimos, o sobre todo lo que nos hacen o nos dicen los demás– puede tener cierta conexión. “Tanto en consulta como en mi experiencia personal lo he visto: personas adultas y adolescentes que crecemos como hijos únicos y llegamos con relatos de autoexigencia, rumiación, y una particular forma de vivir la responsabilidad familiar. Y, aunque cada historia es única, la investigación y la psicología nos ayuda a entender ciertos patrones que aparecen con relativa frecuencia. Lejos de los estereotipos del ‘hijo único mimado’, el enfoque contextual, del que yo trabajo y baso mi práctica clínica, nos invita a mirar el entorno de aprendizaje que rodea a ese niño y cómo ese entorno moldea su forma de relacionarse consigo mismo, con sus pensamientos y con los demás”, adelanta.

Y en el caso concreto de darle vueltas a todo y de autoexigirse, hay ciertos condicionantes asociados a los hijos únicos. “No es que ser hijo único cause rumiación, sino que ciertos contextos familiares asociados a esta situación pueden favorecer ese estilo de pensamiento. Se entiende la rumiación como un patrón de conducta verbal orientado a controlar internamente el malestar. Cuando toda la atención adulta se concentra en un único niño, se refuerza la autoobservación: ‘¿Lo habré hecho bien?’, ‘¿Qué pensarán de mí?’, ‘Tengo que acertar’. Autores como Abi-Hana et al. (2024) en su estudio encuentran niveles ligeramente más altos de perfeccionismo y neuroticismo en hijos únicos, factores que se solapan con patrones rumiativos. En ocasiones, la rumiación es una forma de evitación experiencial: intentar escapar del malestar pensando más, aunque eso termine intensificándolo. En la práctica, muchos hijos únicos desarrollan desde pequeños una especie de auditor interno constante, no por fragilidad, sino porque han crecido en contextos muy atentos y evaluativos. Aprenden que lo que ocurre dentro importa mucho, y eso es, utilizando una metáfora, ‘un terreno fértil’ para la rumiación”, explica la psicóloga. Y la verdad, como hija única, me parece una explicación totalmente loable porque efectivamente esa auditoría interna desde la soledad de una habitación no compartida ha sido una constante en mi infancia y adolescencia.

Sobre la autoexigencia

Respecto a querer hacerlo todo bien, superbien, más que bien –yo soy esa– hay también bastante relación con mi contexto de ausencia de hermanos. Para Marina Barriuso es importante recalcar que “la autoexigencia no es un rasgo, sino un patrón funcional”, es decir, no es algo con lo que se nazca, sino algo que aprendemos en nuestro contexto durante la infancia. Y precisamente cuando eres hijo único es habitual que se centre la atención en ti, y no tiene por qué significar eso mayor consentimiento, sino en ocasiones todo lo contrario. “En hijos únicos es habitual que la familia —con la mejor intención— refuerce de forma intensa el rendimiento y la madurez. Ese niño aprende muy pronto que su valor está asociado a portarse bien, no dar problemas, alcanzar logros, no decepcionar expectativas explícitas o implícitas… Otros estudios como el de Curran y Hill (2019) muestra que el perfeccionismo socialmente prescrito ha aumentado en las nuevas generaciones, y en mi práctica observo que este efecto se intensifica en familias donde el hijo único es el proyecto vital central”, añade la experta.

¿Puede influir en la autoestima que se tiene en la vida adulta?

En cuanto a la autoestima (en mi caso en ocasiones también necesita un refuerzo) “la posición en la fratría no determina la personalidad, pero sí influye en cómo la persona ha aprendido a valorarse. Me gusta entender la autoestima como un patrón relacional internalizado: cómo nos tratamos se parece mucho a cómo nos trataron. Estudios sobre posición psicológica en la familia muestran que lo que predice la autoestima no es ser hijo único o mayor, sino el rol que la persona percibió ocupar: ‘el responsable’, ‘el que no puede fallar’, ‘el pequeño simpático’, ‘el mediador’… y cómo ese rol se ha reforzado con el paso del tiempo. Toda conducta de manera natural no es reforzante o castigante, sino que lo hacemos nosotros con las consecuencias que obtenemos al realizarlas. Y en hijos únicos es común que la autovalía quede anclada al logro y a la madurez. En mayores, a la responsabilidad. En pequeños, el cariño recibido. Cada rol genera contingencias diferentes que la persona aprende a replicar internamente”, explica Barriuso.

Sobre el sentimiento de ‘estar solos ante el peligro’

Todo ello también va ligado a ese sentimiento tan humano en los hijos únicos, sobre todo en lo que se refiere al cuidado de los padres, de ‘estar solos ante el peligro’. Un pensamiento anticipatorio –en mi caso se me ha venido a la cabeza más veces de lo habitual ya desde la adolescencia por la muerte temprana de mi padre– que también influye en nuestros niveles de responsabilidad con casi todo en la vida. “Este fenómeno está estudiado: la carga anticipatoria del cuidador es mayor en personas sin hermanos (Adelman et al., 2014). Pero desde lo contextual, no hablamos solo de carga, sino de cierta fusión de nuestra mente con ideas como: ‘Solo puedo contar conmigo’, ‘Mi obligación es sostenerlo todo’, ‘Si no estoy pendiente, algo malo pasará’. Considero que lo funcional es buscar ayudar a la persona a distinguir entre el valor (‘quiero cuidar a mis padres’) y la regla rígida (‘estoy obligada a poder con todo’). Ese matiz es necesario a la hora de integrar este contexto y fortalecer el bienestar. En ocasiones, observo que muchos hijos únicos vivimos el cuidado desde el temor y no desde el compromiso libre: sentimos que fallar sería deshonrar o ir en contra de nuestros valores. Esta forma de relacionarse con la responsabilidad puede generar ansiedad, sobrecontrol y culpa, incluso cuando objetivamente se está haciendo más de lo esperable”, explica Barriuso.

No obstante, y aunque todo parece indicar que no tener hermanos ha influido mucho más de lo que podríamos pensar (y en un sentido bastante diferente al que durante mucho tiempo se ha creído), me quedo con la reflexión que hace la psicóloga al respecto. “Considero que ser hijo único no es ni una etiqueta ni un destino. Es un entorno de aprendizaje que puede dar lugar a patrones muy valiosos —capacidad introspectiva, madurez, responsabilidad— y, en ciertos casos, a reglas internas demasiado exigentes. Lo importante no es lo que aprendimos, sino lo flexible que podemos ser hoy con aquello que aprendimos y cómo nos relacionamos con cada uno de los contextos”. Nada más que añadir.

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