Supongo que viste el otro día en X aquella imagen generada por IA en la que aparecía como Jesucristo, como una especie de salvador. Su equipo de comunicación debe de estar trabajando a contrarreloj y aun así no consigue quitarle peso al asunto.
Una locura. Y ni siquiera lo retiró. Simplemente dijo: “No quería decir que fuera una figura divina, sino más bien una especie de médico”. Pero claro que lo decía en serio. Todos los países, igual con Serbia y Eslovenia, se consideran especiales. Y, sin embargo, en todas partes ocurre lo mismo. ¿Sabes dónde está la verdadera ironía? Ahí es donde aparece la paradoja que me interesa. Todo el mundo repite que vivimos en un nuevo mundo feliz: necesitamos una nueva tecnocracia, inteligencia artificial, las ciencias sociales ya no sirven… y, al mismo tiempo, el pánico frente a todo eso no deja de crecer. Muchos líderes actuales utilizan precisamente esa retórica según la cual las ciencias sociales son el gran enemigo. Lo que ahora mismo me preocupa de Magyar es que, cuando aquí la izquierda dijo “por fin se ha ido Orbán”, Janša, que, por supuesto, es amigo de Orbán, respondió: “Mirad el Parlamento, su programa es exactamente el mismo que con Orbán”. Y tiene razón. La fuerza mayoritaria es Magyar, luego Orbán y después My Homeland, que es abiertamente fascista, incluso peor que todos los demás. Todo eso me inquieta muchísimo. No solo ha desaparecido la izquierda; también el centro liberal. Ha dejado de existir. Ese es nuestro futuro. De hecho, así se titulará el nuevo libro en el que estoy trabajando: Signs from the Future. Porque esta es una de las direcciones hacia las que avanzamos: un escenario en el que solo quedará elegir entre un populismo de derechas brutal y delirante y una versión apenas más refinada del mismo.
Lo que más me inquieta es ese margen de elección cada vez más estrecho y el hecho de que la izquierda esté desapareciendo progresivamente del discurso público. Claro que siguen existiendo protestas, luchas y formas de autoorganización, pero no tengo claro de qué manera todo eso puede llegar a convertirse en un poder político real.
En Europa todavía existe, al menos, cierta posibilidad de elegir entre el centro liberal y la derecha, pero creo que incluso eso podría desaparecer. Y, una vez más, necesitamos preguntarnos abiertamente, sin prejuicios, por qué está ocurriendo. Acabo de escribir un artículo sobre la ira. Hay una especie de ira permanente que, en determinadas circunstancias, estalla. Pero ahora existe toda una teoría que sostiene que, aunque el origen del descontento esté en la pobreza, no se trata únicamente de eso. Hay algo más, algo a la vez esperanzador y profundamente inquietante: muchas de las personas atrapadas en esa rabia se sienten, sobre todo, invisibles y socialmente irrelevantes. El votante típico de Trump no es el más pobre. Son personas que sienten que el espacio público está dominado por los liberales, la corrección política y todo ese universo del que no se sienten parte. Sigo las protestas y también en Serbia existía un trasfondo relacionado con la dignidad, ¿no? Porque incluso cuando eres pobre, la cuestión no es solo si vas a pasar hambre, sino el hecho de no sentirte tratado como un ser humano. Durante las protestas contra Erdoğan aparecía constantemente esa idea de dignidad: “Nos trata como a idiotas, no nos respeta”. La derecha sabe capitalizar muy bien eso, pero la izquierda también debería dirigirse hacia ahí. Creo que, si la izquierda quiere tener aunque sea una mínima posibilidad, necesita replanteárselo todo, sin prejuicios. Incluso yo caí en esa lógica tan típica de cierta izquierda que reduce a los populistas de Trump a simples relatos racistas o antifeministas. Claro que debemos ocuparnos de los problemas reales de la gente real: si puedes mantenerte, cuánto ganas… todo eso importa. Pero la cuestión del respeto también es absolutamente fundamental. Encontré una cita de Ernst Bloch… ¿Por qué toses? Yo también llevo todo el tiempo tosiendo, ¿qué nos pasa?

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