Entre las opciones naturales con mayor respaldo científico, la ginecóloga menciona algunos extractos estandarizados de cimicífuga racemosa, isoflavonas de soja, extracto citoplasmático purificado de polen, salvia y lúpulo. Sin embargo, insiste en que la evidencia depende del extracto concreto, de su estandarización, de la dosis utilizada y de que haya sido estudiado clínicamente, por lo que no todos los suplementos disponibles en el mercado ofrecen los mismos resultados ni son adecuados para todas las mujeres. Además, recuerda que natural no significa inocuo y que también pueden existir efectos adversos e interacciones.
“Otra propuesta novedosa es Womanhood Menopausia, desarrollada por un laboratorio español con un planteamiento diferencial: modular el estroboloma, es decir, el conjunto de microorganismos intestinales implicados en el metabolismo y la recirculación de los estrógenos. Su enfoque no consiste en administrar hormonas, sino en actuar sobre la interacción entre microbiota intestinal y metabolismo estrogénico”, apunta la experta.
Cuando los sofocos afectan de forma importante a la calidad de vida, la terapia hormonal de la menopausia continúa siendo el tratamiento más eficaz. “En mujeres sanas, sintomáticas, menores de 60 años o dentro de los primeros diez años desde la menopausia y sin contraindicaciones, el balance entre beneficios y riesgos suele ser favorable”, explica la doctora Fernández del Bas, que insiste en que la decisión debe individualizarse y tomarse siempre tras una valoración médica. Cuando no está indicada o la mujer prefiere no recurrir a ella, también existen alternativas no hormonales que pueden ser eficaces.
La alimentación también cuenta
Marta León, ingeniera química, especialista en nutrición y en salud hormonal femenina, asegura que la alimentación es uno de los ejes principales para tratar los sofocos. “No es solo una cuestión hormonal. Es una respuesta inflamatoria y nerviosa, en la que intervienen muchos sistemas, y todos ellos responden, de forma directa o indirecta, a lo que ponemos en el plato”. Apunta que, aunque no existen alimentos que los eliminen, sí que es posible reducir su frecuencia, su intensidad y su impacto en el día a día.
Entre los alimentos que recomienda incorporar figuran los ricos en fitoestrógenos, presentes en las legumbres —especialmente la soja fermentada—, las semillas de lino, los frutos rojos, la uva roja o el cacao puro. También aconseja tomar pescado azul unas tres veces por semana y añadir fermentados como el kéfir o el yogur natural. “Una microbiota sana regula los estrógenos circulantes gracias a nuestras bacterias intestinales”, explica.

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