Las ventajas (más allá de prejuicios y reproches) de tener un bebé a los 40
Ciertas cosas llegan a tu vida después de cumplir los 40, de forma inexplicable e insospechada. Tus amigos –las personas con las que una vez dormiste en cajas de madera en festivales o mendigaste paracetamol durante las reuniones de personal o que te sujetaron el abrigo mientras besabas a alguien llamado «Rulo» junto a al altavoz más grande– empiezan a descargarse aplicaciones de reconocimiento de aves en sus teléfonos. Las mujeres de tu entorno – probablemente las mismas que solían prepararte comidas a base exclusivamente de tostadas; o disimular con boli los agujeros de tus medias; o esconder tus cigarrillos en un agujero en un árbol para compartirlos– se pirran por los programas de jardinería. Aquella gente de tu pasado que te llevaba a la playa un viernes por la noche a los veinte años para besar a los camareros y comer patatas fritas, empezará a comprarse impermeables.
Una cosa que se espera menos en esta etapa de la vida es tener un bebé. O tener otro, como en mi caso. Y, sin embargo, pasa. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la media de edad de las madres primerizas alcanza ya los 32,6 años, dato que, en el caso de los padres, se situaría en los 34,82 años. Para que esa sea la edad media a la maternidad, lo lógico es pensar que hay un montón de mujeres con edades por encima de esa cifra. Me he enterado de que Sienna Miller está embarazada de nuevo, del que será su tercer hijo. Enhorabuena a la actriz y no, yo no estaba así de guapa durante mi embarazo a los cuarenta, el año pasado: lucía canas, llevaba muchos pantalones de chándal negros y me engordó tanto la cara que tenía que ajustarme el casco de la bici para que no se me cayera. Nadie me vio en la alfombra de los Fashion Awards vestida de Givenchy; más bien esperando a oscuras en el arcén de la carretera que va al colegio para fichar a las 8.30 de la mañana.
Hay mucho que celebrar cuando se está embarazada a finales de la treintena y entrados los cuarentena. En muchos aspectos –tangibles y abstractos– me sentía más feliz, más segura de mí misma, más contenta y más preparada de lo que estaba dos décadas antes. Me conocía a mí misma y a mi cuerpo. Estaba asentada profesionalmente (más o menos). Tenía una relación estable con un hombre al que quería y en el que confiaba. Ya no vivía de alquiler. Había visto a muchas amigas de mi edad criar a sus hijos. Había aprendido a abrirme a los demás en los momentos malos y sabía dónde y cómo pedir ayuda si la necesitaba.
Además, y esto es algo muy importante de lo que rara vez se habla, no sentí que me estaba perdiendo una etapa esencial de mi juventud. Había bailado en naves abandonadas, vivido sola, tenido amantes, trabajado toda la noche, viajado un poco, ido a grandes fiestas, salido en la radio y todo eso antes de cumplir los treinta. Cuando llegó ese segundo embarazo, estaba encantada de quedarme en mi casa adosada de los años 70 y comer puré de patatas con mi familia. El FOMO no solo era agua pasada, sino que casi era un chiste del que reírse mientras veía a mi hijo leer un cómic en la bañera o apagaba las luces a las 8.32 de la tarde.

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