Hay algo inevitablemente romántico en esos días en los que uno anhela con fuerza la estación contraria a la que está viviendo. En invierno, por supuesto, toca añorar el verano. Algunas veces sueño con viajes lejanos que hizo mi yo del pasado, algunos recientes, a los que no tengo que retroceder tanto; otras veces, en cambio, indago más atrás, cerca de mi infancia y adolescencia.
Durante casi una década, mis veranos consistieron en una pequeña peregrinación familiar desde el País Vasco para recorrer Andalucía. A veces era la costa; otras, los pueblos blancos; otras, las capitales. Reconozco que a algunos de esos viajes iba con más entusiasmo que a otros: una de las constantes de mi carácter fue atravesar una adolescencia rebelde en la que asumí con férrea disciplina la tarea de llevar la contraria a mis padres. Menos mal que ya no (o casi no). Con el paso del tiempo, recuerdo aquellos veranos andaluces con un cariño y un respeto enormes. Si rebusco lo suficiente, aún recuerdo el calor por las mañanas, el ruido del mar, las calles llenas de vida, el olor a jazmín por las noches, el contraste en el carácter de su gente y, sobre todo, su música.
En mitad de uno de los inviernos más fríos de los últimos años en Nueva York, aterrizó a finales de febrero la 25ª edición del festival de flamenco y, casi sin querer, me devolvió a todos aquellos veranos. Tuve la suerte de asistir a varios de los 40 eventos organizados a lo largo de tres semanas en distintos teatros y salas de la ciudad, y de disfrutar de este arte —reconocido por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad— desde la mirada de una observadora externa, pero siempre curiosa.
El Flamenco Festival, fundado y dirigido por Miguel Marín, celebra este año su cuarto de siglo con propuestas que no solo honran la tradición, sino que también exploran la vanguardia. Considerado la plataforma más importante del flamenco a nivel internacional, el festival presenta este arte —tanto en conciertos íntimos como en grandes producciones en Broadway— donde la elegancia, la fuerza, la pasión y el duende llenan los escenarios. Más que un evento artístico, es un auténtico puente cultural entre España y Nueva York.
Entre evento y evento, he aprendido que a Nueva York y al flamenco los une una historia muy dulce. Hace ya más de 100 años, la ciudad se rindió al arte jondo: en 1891, la bailaora Carmencita Doucet conquistó el Madison Square Garden ante 8.000 personas, e inició una larga carrera difundiendo el flamenco en la ciudad. Su éxito fue tal que Thomas A. Edison la filmó bailando en una breve película de 21 segundos, convirtiéndola en una de las primeras mujeres captadas en movimiento por el cine estadounidense. Además, fue retratada por el pintor John Singer Sargent, y hoy esas obras pueden verse en el Metropolitan Museum of Art. Carmencita fue, sin duda, una de las primeras artistas españolas en conquistar al público americano.

Más historias
‘Toe rings’: este verano los anillos también se llevan en los pies
Chanel adquiere Charvet, la icónica sastrería parisina conocida por sus camisas
Julieta Lasarte, artista visual: “He tratado de construir una visión propia sobre el encaje de Camariñas desde un punto de vista más simbólico, llevando esta tradición a un terreno más onírico”