15/05/2026

Vestidos ‘babydoll’, cuellos ‘bebé’ y pololos: ¿por qué queremos vestirnos como niñas?

Sus estilistas, Chenelle y Chloe Delgadillo, que además visitan muchas tiendas vintage y están atentas a las marcas emergentes, han seleccionado para esta nueva era de Olivia, piezas de Sandy Liang, Génération 78 o Anna Sui; y para los pies, mary janes de Miu Miu, casi siempre de archivo, o bailarinas de Repetto. Ninguna enseña local por el momento, aunque en sus nuevos drops, tanto Gimaguas como Attega nos proponen tops, vestidos o shorts lenceros, que encajarían a la perfección en el vestidor de la cantante (y de sus fans). Los bloomers, o pantaloncitos con volantes fruncidos, ya estaban disponibles en la firma de las gemelas Durany la primavera pasada. Y ahora Mango ha hecho lo propio. Pero los bloomers no son otra cosa que unos pololos. Y aun así, más allá de la fetichización de la infancia, al menos, en términos estéticos, lo que hay es un gusto compartido por una tendencia que requiere llevar toda la pierna al aire. No debería sorprender a nadie. Años antes, ya habíamos recibido lo coquette con las manos abiertas: entonces, todo eran lacitos rosas y looks aniñados. Queríamos reivindicar las ‘cosas de chicas’, que llevaban tanto tiempo demonizadas. Mi amiga Esther me contó que a sus 20, llevar las uñas pintadas te convertía en una tía frívola, por eso ahora pide que le pongan purpurina cuando se hace la manicura.

La idea de la feminidad es una construcción repleta de contradicciones: se espera que seamos dulces, pero tampoco ñoñas; sexis, pero sin pasarnos; y mejor femeninas que masculinas, aunque no demasiado. El resumen es que la feminidad, sea cual sea su expresión, pasa factura. Y esto no ha cambiado. Para rebelarse, las riot grrrls se vistieron de princesas y muñecas desgarradas. Practicar el kinderwhore suponía llevar faldas demasiado cortas, zapatos de colegiala, y los labios y la máscara de ojos corridos. Se trataba de subvertir esa noción de mujer que se exige, pero que también penaliza.

La periodista especializada en moda, Brenda Otero, cree que la imagen de Olivia Rodrigo es más normativa (y más joven) que la de sus antecesoras. Y con todo, considera que el mensaje es compartido. “Para mucha gente con estas referencias, el motivo de que vista así resulta evidente, pero para otra no lo es tanto. Ahora, además, estamos todos muy sensibilizados con la explotación de menores, pero la “culpa” no es de quien se viste como quiere, sino de quien mira”, comparte sobre el motivo de esta reciente polémica. Porque nada que ver tiene que te guste llevar un cuello bebé con ser una niña (y tampoco con querer serlo). “Lo que ha hecho ese vestido es servir como lupa para reflejar la fetichizacion de la juventud”, continúa Otero. “Hacemos todo lo posible para no envejecer, y la máxima representación de ese delirio es ponerse un vestido de niña”.

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