BACKROOMS, Chiwetel Ejiofor, 2026. © A24 / courtesy Everett CollectionCourtesy Everett Collection
Una falsa metáfora de cosas reales
Kane Parsons es, precisamente, el director de Backrooms, que en su versión cinematográfica se convierte en la historia de la misteriosa puerta del sótano de una tienda de muebles, que conduce a una dimensión imposible. Una película pesadillesca, protagonizada por Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve, que recuerda mucho al Us de Jordan Peele, a Synecdoche, New York y al retso de películas escritas o dirigidas por Charlie Kauffman. Y también a Severance (la serie de televisión inspirada también en el concepto de las backrooms, con los dilemas éticos que conlleva), Paranormal Activity y a Cube (1997), con su laberinto de salas aparentemente idénticas y muchos otros rasgos que han sedimentado como imágenes en nuestra memoria, aunque no logremos recordar sus contornos. Una obra cuya trama dice poco, y a la vez mucho sobre el caos que habita nuestras cabezas. Al igual que Severance y las películas de Jordan Peele, Backrooms exorciza y tematiza una cuestión social y política: un sistema económico y humano dominado por un frío algoritmo. Una metáfora del entorno digital que, con la llegada de la inteligencia artificial, se está transformando en un laberinto en el que uno deambula y se pierde entre habitaciones que parecen provenir de nuestros recuerdos, atrapados en una gran cámara de eco vacía y repetitiva. Esta expresión fue acuñada por el teórico de la comunicación Cass Sunstein para describir un mundo en el que las personas acaban escuchando casi exclusivamente opiniones similares a las suyas, reforzando convicciones ya existentes y disparando la polarización y la radicalización. Lo que queda tras ver una película que quizá sea necesaria para cualquiera que no sepa qué son las backrooms y catártica para quienes deseen descender a este abismo profundo y oscuro, es la necesidad de aire. De respirar. De deshacerse de toda esa basura (los memes, TikTok, las tendencias) para volver al aire libre.
Claramente, esto es una utopía. El deseo de escapismo, entendido como una huida del laberinto de Internet, es un anhelo muy difícil de alcanzar, al menos para la mayoría. Y en este punto en el que la realidad ha superado a las creepypasta, en el que la repetitividad nos parece reconfortante porque es un esquema reconocible, en el que nos han confinado en una gigantesca página encabezada por un «Para ti», quién sabe si no será precisamente un espacio banal, vacío y casi insignificante el que nos salve, no tanto porque nos proteja, sino más bien por las historias con las que decidamos llenarlo.
Este artículo se publicó originalmente en Vogue.com.


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