Una de las cosas más bonitas de esta edición de Mad Cool es que hay de todo para todos. Si el miércoles la mayoría de las actuaciones estuvieron marcadas por su carácter rockero, la jornada del jueves destacó por ser todo un escaparate del pop contemporáneo. Esa etiqueta engloba estilos muy diferentes: el pop radio-friendly de Charlie Puth, el de diva de Zara Larsson, el alternativo de Lorde, el k-pop de Jennie o lo que hace Florence (que es casi un género en sí misma). El cambio de demografía con respecto al día anterior no pudo ser más drástico. El jueves era, principalmente, para gays and girls.
Florence + the Machine cerró el escenario principal con una de las grandes actuaciones de la noche. La artista inglesa salió de negro, con uno de sus característicos vestidos de seda translúcidos, instaurando junto a sus cuatro bailarinas el tono de ritual tétrico que rodearía al espectáculo. La encargada de dar el pistoletazo de salida al set fue ‘Everybody Scream’, el tema principal del disco homónimo, que al igual que en la grabación, en directo también tiene mucho de exorcismo, de gritar para soltar todo lo que nos corroe por dentro. En la siguiente canción, ‘Shake it Out’, uno de los pilares de su música, seguimos sacudiendo nuestros demonios. Y ahí ya sí que no quedó nadie por gritar.
Uno de los mejores detalles del concierto fue la narrativa que creó a través de las canciones. La secuencia estuvo construida con una enorme coherencia. Por eso, la inclusión de un “deep-cut” como ‘Which Witch’ al principio del set tiene todo el sentido, pues conecta con ese estado malsano, haciéndonos presos de un oscuro conjuro. La puesta en escena, minimalista y efectiva, brillaba con la presencia de las bailarinas, que vestidas de blanco, contrastaban con Florence, la reina del aquelarre.
Consciente de su figura mística, antes de cantar ‘Rabbit Heart (Raise it Up)’, la cantante recordó que ya hemos pasado el solsticio de verano, una época en la que se hacen ofrecimientos a los dioses (o a los demonios), e incitó al público a ser ellos mismos las ofrendas. ¿Cómo? Subiéndose a hombros los unos encima de los otros. Tras esto, sonó otra canción de la era ‘Lungs’ y una de las más coreadas: ‘You’ve Got the Love’.
En comparación con otras ocasiones, esta gira es mucho más solemne que otras de Florence. La cantante ha cambiado parte de la viveza alegre de sus eras anteriores por un tono más siniestro. Esto no es en absoluto un impedimento para transmitir la fuerza escénica que siempre ha transmitido. De hecho, el derroche vocal y artístico aquí mostrado sigue estando a la altura de muy pocos. ‘King’ fue uno de los momentos más memorables y emocionantes de la velada, pues no solo la interpretaba con el cuerpo y la voz, sino con su alma entera. La tristeza en sus ojos al cantar el estribillo (“I am no mother, I am no bride, I am king”) ponía la piel de gallina. También lo hizo la teatralidad de ‘What Kind of Man’ o la balada ‘Never Let Me Go’, donde el público alzaba los brazos y los sacudía en el aire.
‘Dog Days Are Over’, como era de esperar, despertó la mayor ovación gracias a su enérgico estribillo. Antes de cantar el último, Florence pidió que todo el mundo guardara sus teléfonos, que estuviera presente en ese momento y saltara con todas sus fuerzas. Algo que ella definió como un “pequeño ritual”. El broche final lo puso ‘Free’, que dejó al público bailando, liberado tras una intensa sesión esotérica con una maestra de ceremonias inolvidable.

También nos liberamos con Lorde, que pisaba Madrid por primera vez, con su show de corte futurista. En el lado derecho del escenario se agrupaban los músicos, con varios sintetizadores y teclados formando un círculo. En el centro, la artista neozelandesa volvió a demostrar, por si aún alguien no se había enterado, que es una de las figuras más importantes del pop actual. Y no, no es gracias a ‘Royals’, la canción que le lanzó al estrellato. De hecho, ella no parece que le tenga demasiado aprecio, pues canta únicamente el primer verso y el estribillo nada más empezar, como para quitársela de encima. Y se entiende: ya no es muy representativa de lo que significa su música. Sí lo son otras de ese disco como ‘Team’, ‘Buzcut Season’ y, por supuesto, ‘Ribs’, con la que cerró el concierto. Pero no adelantemos acontecimientos.
Después de su breve interpretación de ‘Royals’, hizo hincapié en su álbum más reciente encadenando ‘What Was That’, ‘Broken Glass’ y ‘Shapeshifter’. Pese a que todas estas canciones sonaron de maravilla, lo mejor de los conciertos de Lorde sigue siendo cuando rinde tributo a su gran obra maestra, ‘Melodrama’. Hay algo realmente especial en la conexión que se genera entre ella y el público cuando canta esas canciones. Especialmente sus actuaciones de ‘Supercut’ y ‘Green Light’ anoche serán difíciles de olvidar. Cuando todo el mundo canta a pleno pulmón sus respectivos estribillos se crea una sensación de comunidad, de comprensión mutua, que eriza la piel. ‘The Louvre’ la presentó como un hechizo. “Si la cantas conmigo, te escribirá tu crush”. Y le hicimos caso mientras la plataforma sobre la que estaba se iba elevando hasta quedarse muy cerca del techo del escenario. Allí tumbada, desde las alturas, cantó ‘Current Affairs’, una de las mejores canciones de ‘Virgin’.
Los momentos finales estuvieron reservados para las mencionadas ‘Green Light’ y ‘Ribs’, así como ‘David’ (otro corte destacado de su último álbum) y el icónico remix de ‘Girl, so confusing’, en el que ¿le dio una calada a un porro? Sea como sea, el efecto fue el opuesto a dejarnos adormilados. Salimos de allí exhaustos en el mejor sentido, reafirmándonos en que el de Lorde es un talento poco común. No todo el mundo es capaz de crear himnos de ese calibre y defenderlos así de bien.

Las dos principales cabezas de cartel no fueron las únicas que brillaron en la jornada del jueves. A las 18:40h, a pleno sol, CMAT enamoraba a los asistentes con su espectáculo desenfadado y divertidísimo. La irlandesa derrochó actitud encima del escenario: hacía todo tipo de bromas, movía el culo, gritaba, se secaba el sudor de la entrepierna con una toalla, fingía que se desmayaba, etc. Fue tal el buen rollo que instaló, que el calor pasó a un plano secundario. Ella lo sufrió más, aunque no dejó que le quitara el buen humor. Dijo que fue uno de los conciertos más difíciles que había dado debido a las altas temperaturas, pero estaba muy agradecida de estar allí con un público entregadísimo (no faltaron las banderas irlandesas y varias pancartas) y compartiendo escenario con Charlie Puth y Zara Larsson (a quien homenajeó haciendo uno de sus típicos bailes). “Puede que me muera de un golpe de calor, pero antes de nada puede que chupe algo de diesel”, dijo al comenzar ‘Jamie Oliver Petrol Station’. Muy celebrada también fue la excelente ‘When A Good Man Cries’, en la que mencionó a su “mejor amiga Olivia Rodrigo” (que ha hecho una versión recientemente de la canción). Si el estribillo es para darlo todo, ese puente apoteósico lo es aún más. El final, protagonizado por una ‘Stay for Something’ coreada por el público (que gritaba con ella la frase “But I just can’t do it”) culminó todo un conciertazo. De esos que crean fans.

La resaca de Lorde perjudicó un poco a Zara Larsson, que actuaba inmediatamente después en el escenario 2. Se le quedó bastante pequeño, pues desde su salida del “khia asylum”, su popularidad no ha hecho más que crecer. Aquello era un auténtico fenómeno fan. Nadie quería perderse ‘Midnight Sun’ (y sonó por partida doble, al principio y al final, en diferentes versiones) o ‘Lush Life’. Para el despistado que piense que esos son sus únicos éxitos, está muy equivocado. Son ya muchos años de carrera, y la sueca, pese a que nunca ha brillado tanto como ahora, ha mantenido un perfil medio bastante consistente durante toda su carrera gracias a temas muy conocidos como ‘Ain’t My Fault’ o ‘Never Forget You’, y a colaboraciones como ’Symphony’ con Clean Bandit, el remix de ‘Stateside’ de PinkPantheress o la más reciente ‘She Did It Again’ con Tyla. No faltó, por supuesto, ninguno de esos hits, y hubo momentos donde se escuchaba casi más alto al público que a ella. La escenografía emulaba un bosque y en el centro, destacaba un coche rosa con matrícula “PUSS PUSS 97”, en el que ella y sus bailarinas se subían de vez en cuando. Las coreografías son una parte esencial de todos sus conciertos, elevando todos los números. Uno de los mejores momentos llegó cuando subió a un fan al escenario a bailar con ella ‘Lush Life’.

Otro concierto de diva pop de libro fue el de Jennie, que ofrecía un espectáculo que no es tan común ver un festival como Mad Cool. El K-pop ya es más que una tendencia pasajera: es una realidad que mueve a millones de fans. Y hubo muchos que llevaban allí desde las 18h aguantando el sol para ver de cerca a su ídola. El arranque no pudo ser más espectacular, con unos visuales que emulaban un incendio. En medio de todo eso, apareció Jennie rodeada de muchísimos bailarines. El despliegue de medios impresionaba de primeras, no solo por el gran presupuesto, sino también por la energía contagiosa con la que comenzó la artista, que inauguraba su set con ‘Filter’. A lo largo del concierto, alternó canciones más dinámicas, con baladas en las que solía quedarse sola en el escenario. Jennie es una vocalista competente, pero no una excepcional, por lo que estos últimos números quedaban algo deslucidos en comparación con los de las grandes coreografías. Los altibajos marcaron un poco el ritmo general, pero no se puede negar que su presencia sobre el escenario es atractiva, y que algunas canciones como ‘Like Jennie’ (con la que cerró) y sobre todo ‘ExtraL’ regalaron grandes momentos. También hubo espacio para sus colaboraciones con The Weeknd (‘One of The Girls’) y Tame Impala (‘Dracula’).

Siguiendo en el terreno pop, pero dejando a un lado a las divas, asistimos a buena parte del concierto de Charlie Puth. El estadounidense es uno de esos artistas cuyas canciones no han dejado de sonar en la radio en los últimos años, aunque uno no siempre tenga claro que son suyas. El espectáculo comenzó con varios coristas presentándolo mientras cantaban cosas como “hace mucho tiempo que no venimos”, “perdón por haceros esperar”, etc. Tras ello, Puth salía al escenario discretamente, colocándose tras un teclado. ‘Beat Yourself Up’, ‘How Long’ o ‘We Don’t Talk Anymore’ son perfectos ejemplos de temas que te sabes, pues han sonado en todas partes, pero que puede que no las asociaras a él. El cantante las defiende bien en directo. Tiene buena voz y talento para componer macrohits, de eso no hay duda. Pero por aquí no estamos tan de acuerdo con Taylor Swift con eso de que “Charlie Puth debería ser un artista más grande”. Grande ya es (quizá no para los estándares swiftianos), pero para serlo aún más, falta que sus canciones tengan más alma y una identidad propia. El concierto fue solvente, pero nunca llegó a entusiasmar. Exactamente lo mismo que pasa con sus canciones.

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