
Las redes sociales han muerto. Ahora, todo es televisión bazofia. Cuando llegó Instagram hace quince años, las que saltamos de MySpace a Facebook, las que pasábamos las noches chateando por Messenger, nos emocionamos porque aquella aplicación de apariencia inocente nos daba más razones para vivir nuestra vida virtual. En aquella era, estar en internet era como sentir un nervio electrizando tu cerebro: no solo tenías toda la información y cultura a tu disposición, también existían múltiples plataformas y foros donde compartir canciones, fotografías y saber qué pasaba con la gente que querías o te caía fatal. No eran tiempos mejores, pero sí muy distintos. Y muchas nos creímos la promesa de las redes como agente democratizador, antijerarquías, como un espacio tecnológico que fuese a mejor.

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