Empiezo aclarando lo que cualquiera que me conoce sabe: soy lenadunhamista. Alabé Tiny Furniture hace ya unos quince años, me he tragado Girls más de una vez y he escrito sobre Girls más de mil veces, defendí a Lena Dunham cuando se convirtió en un saco de boxeo para el mundo y he reivindicado insistentemente su trabajo frente a trolls y detractores (un trabajo compuesto, también, de creaciones de menor trascendencia que, por supuesto, he consumido con entusiasmo). Imaginad lo mucho que me alegró su reincorporación a la esfera pública y que se la recibiera con amor: adoro que, de un tiempo a esta parte, el péndulo internetero esté de nuevo de su lado. Digo esto porque, primero, aprovecho cualquier ocasión para presumir de criterio y, segundo, no quiero que se confunda la opinión que me dispongo a expresar con el odio que solía recibir.
Os cuento: como no podía ser de otra manera dada la trayectoria recién descrita, me apresuré a comprar Famesick, su autobiografía, en cuanto salió. Se trata de un libro entretenidísimo que ofrece cantidades ingentes de salseo: Lena nos habla de su etapa inicial en la industria —rodeada de personajes hoy consagrados que, por entonces, luchaban por hacerse un hueco—, del triunfo de Girls y las fluctuaciones caracteriales de los actores, de su relación ambivalente con la fama y con quienes la rodean, de un montón de cosas que hubieran quedado para siempre ocultas de no ser ella propensa al kamikazismo exhibicionista. No es de extrañar que el texto atrape y mantenga enganchado, más aún si, como es mi caso, conoces de antemano los nombres y las situaciones que menciona. ¿Me ha gustado? Mucho. ¿Lo recomiendo? Sí. ¿En qué consiste mi crítica, pues?
Es divertido leer sobre la vida de los otros, pero esos otros existen y tienen, efectivamente, una vida; la vida sobre la que nos gusta leer. En su libro, Lena dedica bastante espacio a retratar seres humanos reales, en ocasiones bajo una luz muy poco favorecedora. Juraría que, además de la propia Lena, la gran protagonista del libro es Jenni Konner, guionista y productora con la que mantuvo una profunda amistad, emprendió diversos proyectos laborales y acabó como el Rosario de la Aurora. Dunham no se corta un pelo al narrar lo ocurrido, que no es tanto una tragedia como una sucesión de pequeños conflictos (de cesiones silentes, de roces, de tensiones, de abusos de baja intensidad) entre adultas erráticas. El problema es que, en mi opinión, Lena tiende a eludir el espejo (o se enfrenta al espejo con trucos) mientras impone el espejo a los demás, y lo hace desde un lugar de tal privilegio que deja al sujeto observado en una posición en extremo vulnerable. Convenido que el libro es número uno en ventas, una cantidad importante de habitantes del globo terráqueo conocen hoy los defectos de Jenni Konner.
Otros dos damnificados por el proceso creativo dunhamista son Adam Driver y Jack Antonoff. Al primero lo pinta como un tóxico agresivillo de encanto particular que desapareció sin dejar rastro tras compartir con ella una química tremendamente especial. Preguntado anteayer por el asunto en Cannes, Driver respondió que está esperando a publicar su propio libro para relatar su versión, empleando un tono irónico y carismático que, estoy segura, habrá dibujado una sonrisa en Lena. Al segundo lo salva de la horca, movimiento sorpresivo, pues todas creímos que Zev, el villano de Sin Medida, estaba basado en él (quizá haya querido compensar). Aun así, Dunham se mete de lleno a desentrañar el ámbito privado de ambos, relatando un sinfín de episodios que, imagino, el chico preferiría no haber descubierto plasmados en papel.

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