Esta pieza forma parte de la serie de relatos ‘Chicharras y chapuzones’, publicada en el número de agosto 2026 de Vogue España.
Imagina una piscina y un paquete de pipas mientras se riega a sí misma con un pulverizador de agua. Apunta hacia arriba y finge una lluvia fina. Las gotas vuelan breves bajo el sol como si alguien tirase diamantes al aire porque ya no le importan. Abajo, en la calle, el asfalto es un chicle oscuro que el calor estira. Una sobremesa en verano puede durar uno o varios siglos, sobre todo si se espera. Siente el papel en el bolsillo trasero del pantalón y se pone nerviosa. Aprieta de nuevo el pulverizador de agua como si eso regase el tiempo y lo hiciese crecer deprisa. Está vacío.
Cuando va a rellenarlo en la cocina mira el reloj en la pared. Las cuatro. Aún quedan dos horas. Le dirá a su madre que va a salir con los patines. Su madre dirá que hace demasiado calor, pero Marta dirá que no tanto y que se va a juntar con una amiga. El hecho de que pase tiempo con otro ser humano de su edad contentará a su madre y la dejará salir. Marta, cada quince minutos, saca el papel del bolsillo para asegurarse de que el calor no ha derretido las letras. ¡Hola Silvia, te invito a mi fiesta de cumpleaños! Será el 6 de agosto en Calle Jazmines 10. Puedes venir a partir de las 6 de la tarde. ¡No te olvides el bañador! Qué fácil sería todo si se llamase Silvia, como la niña de su clase que se dejó la mochila abierta.
Todo transcurrió más o menos así: Cristina convoca a las niñas el último día de curso. Un corro se crea a su alrededor. Cristina tiene el pelo largo, la falda del uniforme arremangada y una hermana mayor que se ha operado la nariz. Sus padres se van solos a la playa el fin de semana y no ven las motos de segunda mano aparcadas en su puerta. Cristina es libre, tan libre que no sabe qué hacer con su libertad, aunque estrangula la confusión utilizando el rizador de pestañas que su madre ya no usa. Cristina es mayor. Marta guarda la esperanza de oír su nombre hasta la última invitación, pero no sucede. Al acabar, Cristina se acerca a ella y le da una piruleta solitaria que Marta olvida en la mochila, y que al derretirse dejará en la tela una mancha oscura. Mentir no es muy difícil, sobre todo en verano, cuando la gente está dispuesta a creer cualquier cosa que les permita permanecer tumbados. Además, la mayor parte de las consecuencias de mentir las sufre el que miente. Marta las lleva colgadas del hombro derecho y le golpean el costado rítmicamente. Se podía haber puesto los patines en vez de cargarlos, pero lo piensa demasiado tarde. Ya está en la Calle Jazmines 2, 4, 6, 8. Se detiene. Un telón verde tapa la mayor parte de la urbanización de Cristina. Camina despacio, paralela a la reja. Por los huecos que dejan los arbustos ve sombrillas y mujeres en tumbonas que hablan entre ellas de celulitis mientras sus hijas almacenan la palabra entre sus orejas apretadas por la goma de las gafas de bucear. Los padres duermen la siesta a la sombra. El socorrista adolescente vigila solo algunos cuerpos. Unos hermanos juegan a hacerse ahogadillas en la piscina a sin saber que recordarán ese momento en el futuro. Por fin las
encuentra, de pie en un extremo de la piscina. Hay un hueco en el arbusto y Marta se detiene a observarlas. Todas llevan gafas de sol y pulseras de mala calidad que curiosamente brillan mucho más que las de buena calidad. Ninguna se baña. Parecen aburridas. En una mesa, los regalos se apilan en una pirámide sacrificial. Marta piensa de repente que, de haber sido invitada, no habría sabido qué regalarle.
– ¡Hola, Marta!

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