01/07/2026

Amiga invisible: ¿cómo no amar a alguien que no quiere nada de ti?

«Me encanta ser tu amiga, nunca pides nada», me dijo una amiga durante una cena. Elogió con cariño que nunca demandaba mucho tiempo, que no la atosigaba para que respondiera y que no me importaba esperar semanas o meses para ponernos al día. En aquel momento, me sentí orgullosa escuchándola quejarse de lo exigentes que eran sus otras amigas: ¡yo era mucho más fácil de llevar que ellas! Me colgué del pecho la medalla de ser la perfecta “amiga invisible”. Qué gran alivio saber que no tienes tanto peso en la vida de la gente como para defraudarles. Reducir mi importancia era en realidad una virtud. Me añadía valor.

De más joven, a menudo sentía que era un poco demasiado intensa con mis amistades. Siempre estaba organizando fiestas en mi estrecho habitáculo de la universidad y tratando de juntar periódicamente a todo el mundo como si fuera un trabajo a tiempo completo. Pero según fuimos cumpliendo años y la gente estaba cada vez más ocupada con sus vidas, sus trabajos, sus otros grupos de amigos… me sentí abandonada. Aun así, me daba miedo reprochar nada y en su lugar optaba por sugerir sin incordiar: «Chica, te echo mucho de menos, ¿quedamos?». Los encuentros seguían disminuyendo, la dejadez escaló y pronto fue demasiado tarde para rectificar. Tuve que aceptar que, en la vida adulta, mis amistades serían así.

Fue entonces cuando pasé a ser una amiga invisible, para evitar la decepción. Al no pedir nada y esperar poco, dejé de poner expectativas en los demás. Dejé de aferrarme desesperadamente a personas que no me correspondían con el mismo nivel de compromiso y opté, en cambio, por una amistad light, relaciones que consistían en ponernos al día de vez en cuando en lugar de marcar nuevos hitos juntas. En otras palabras, empecé a querer a mi gente de una forma totalmente contraria a mi naturaleza para poder seguir teniéndola cerca.

Finalmente, tras años de sentirme demasiado necesitada tanto en las relaciones platónicas como en las románticas, descubrí que podía ser innecesaria. Nadie se sentiría desolado si me perdía su cumpleaños o su reunión especial y, si aparecía, mi presencia sería una bonita sorpresa en lugar de un plomazo previsible. Me dejaría caer armada con anécdotas divertidas para al rato perderme en un segundo plano y reaparecer tras un tiempo socialmente aceptable: no tan pronto como para agobiar, pero tampoco tan tarde como para generar tensiones. Porque ¿cómo no amar a alguien que no quiere nada de ti? En el futuro, mis amistades exigirían el mínimo esfuerzo, y yo me convertiría en un destello fugaz de alegría.

Pensaba que no exigir nada a nadie me haría mejor amiga, pero en realidad me hizo sentir más sola que nunca. Como si faltara un nivel más hondo de intimidad. A menudo me preguntaba: ¿alguien querrá alguna vez que sea su dama de honor? ¿madrina de sus hijos? Esta nueva normalidad también me provocó inseguridades. Le envié a una amiga una nota de voz de tres minutos en la que le contaba todo lo que había hecho en mi último viaje y al segundo me sentí culpable por haberle dado la chapa. Recibí una gran noticia mientras estaba fuera y me costó pensar con quién compartirla sin complejos. Cuando le contaba a la gente cómo me sentía, me decían que son el tipo de cosas que le cuentas a tu pareja… pero yo no tengo pareja, y quién sabe si la tendré. Entonces, ¿hay que guardarse para siempre todas estas intimidades?

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