«Para crear el menú, hemos pensado sobre todo en platos que nos gustan, cosas francesas para marcar nuestra identidad», explican. Así, proponen una carta corta, con platos pensados para compartir, que incluyen el Ceviche con leche de tigre, la Salchicha con puré y salsa de mostaza, las Zanahorias asadas con Labneh y la estrella del menú, el croque-monsieur. “Es nuestro plato más vendido, solo lleva un buen pan, jamón york y queso comté”. La guinda a la experiencia gastronómica la ponen una serie de postres franceses que incluyen una Mousse de chocolate con aceite de oliva y sal, la Crème brûlée y el Brioche perdue (una versión de torrijas con caramelo).
A la hora confeccionar la propuesta líquida, Jules, Julian y Christian buscaban vinos sinceros, biodinámicos y hechos por gente apasionada. El resultado es una carta que hace un recorrido por algunas de las regiones más aclamadas del Mediterráneo: «Tenemos vinos de Córcega, de la bodega Nicolas Mariotti Bindi; referencias de Grecia, como el Xynomavro de Thymioupoulos; otros españoles, como el Boticario de Silos Vientos de Pueblo, de una pequeña bodega en Aralanza; y también de Avignon, de bodegas como Mouriesse Vinum.
El resultado es un restaurante en un barrio en plena ebullición y con todos los ingredientes para convertirse en punto de encuentro de los madrileños. Un ambiente agradable, gente local, vinos especiales y comida deliciosa. ¿Qué más se puede pedir?



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