Llevo un tiempo teniéndole manía a Timothée Chalamet. No es su cara, irritantemente perfecta, ni esa forma en que Internet lo adoptado como un objeto de apoyo emocional colectivo. Lo que transmite siempre es que nada de esto es casual. Responde a las entrevistas como si ya lo tuviera todo pensado. No se trata de una fase ni una aventura. En sus propias palabras, quiere ser grande.
Esta actitud suya me parecía insoportable. Cada vez que aparece en mi feed, mi cerebro me dice automáticamente: “¿Puede relajarse un poquito? ¿Tiene que exagerarlo todo tanto?”. Admirar el tesón es más fácil cuando la meta está alcanzada. Nos deshacemos en elogios cuando llega la recompensa, pero no tanto cuando se está haciendo el esfuerzo. En el caso de Chalamet, ese logro es el Globo de Oro 2026.
El premio no me lo ha hecho más digerible, la verdad, pero resulta más difícil justificar racionalmente esa molestia. Nos encanta la ambición, por pesada que resulte, cuando ya hay victorias. Queremos ver la foto finish, no el proceso. El ensayo y error es un coñazo. El entusiasmo es siempre criticable. El deseo debe existir, pero como una silenciosa aplicación en segundo plano.
Todos hemos asimilado esto como cierto de alguna manera. Lo vemos en la moda, donde queremos que todos los looks parezcan «effortless«, espontáneos, como si hubiésemos improvisado cualquier cosa nada más levantarnos, incluso cuando sabemos que todo está claramente planeado al milímetro, desde el maquillaje natural hasta el peinado revuelto. El esfuerzo no genera tráfico en Internet, a menos, claro está, que lo empaquetes bien mono. La gente se siente incómoda porque es signo de entusiasmo, y el anhelo se ha convertido en algo muy poco cool. La discreción es la gran virtud. En las conversaciones, el deseo apasionado se rebaja inmediatamente con una broma, por si alguien piensa que lo dices en serio. La dedicación está permitida, siempre que se niegue de forma convincente.

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