Quien conoce a Ana Morales, directora de belleza de Vogue España, sabe que es una persona ocupada, muy ocupada. Además de ser una editora prolífica –no solo en España, sino en todo el mundo–, es una compañera detallista a la que nunca se le escapa nada (“prueba este perfume nuevo, tiene un olor atalcado y es de los que te gustan”, me dijo hace unos días), una madre entregadísima que no falta a ningún partido/exhibición/cita importante de sus tres hijas y una amiga que siempre está disponible cuando se la necesita (y también cuando no). Así que con esta larga lista de tareas a tiempo completo no es extraño que esté agotada. Por eso el libro que ahora publica y que se pondrá a la venta el próximo 8 de enero, Estado civil: cansada (Roca Editorial), no puede ser más acertado ni más pertinente. Y no solo para ella. Somos muchas las mujeres –también los hombres, aunque el caso de ellos es sensiblemente diferente– que compartimos ese permanente estado de fatiga.
Morales ha dedicado un año entero a indagar las causas y los efectos de este agotamiento general por parte de las que, como ella, compramos el pack completo de la conciliación (entendida como el difícil equilibrio entre vida personal y profesional, independientemente de si se es madre o no) con todas las implicaciones –hiperproductividad e hiperconectividad incluidas– que eso tiene en el siglo XXI. Y lo ha hecho sabiéndose parte involucrada y enfrentando a menudo ese sentimiento de culpa que tan interiorizado tenemos aquellas que pertenecemos a una determinada generación que compramos el discurso tramposo de que podemos –y debemos– llegar a todo. Porque por muy lejos que haya llegado en su investigación, Ana no tiene fórmulas secretas para dejar de estar cansada. Es más, ella misma reconoce que para escribir este libro ha tenido que saltarse muchas de las recomendaciones que ella misma preconiza. Nadie es perfecto, ni siquiera ella (aunque muchas veces cueste creerlo). Pero lo importante es tomar conciencia de que se puede aliviar esa sensación constante de urgencia con pequeños gestos cotidianos. Y de eso va su ensayo, de proponer opciones y vías de escape realizables para paliar esa sensación de vivir en una carrera in�nita con destino incierto. “Ese tiempo que deberíamos dedicarnos a nosotras mismas no tiene por qué traducirse en grandes planes. Puede ser un café tranquilo por la mañana, quedar con una amiga, tener una conversación por teléfono… En definitiva, algo que te haga sintonizar contigo misma, porque al final estamos más desconectados que nunca”, explica la experta, al tiempo que insiste en que atajar el cansancio, además de una labor individual, que es el ámbito en el que ella se centra en su obra, también es un trabajo que tenemos que hacer como sociedad: “Este agotamiento generalizado por supuesto exige una serie de cambios a nivel social e impulsar ciertas políticas que nos faciliten mucho más la vida”.
Pero su libro no va de lo macro, sino más bien de lo micro, de esos pequeños gestos que pueden aligerar la mochila invisible y pesadísima que todos llevamos a la espalda. Una mochila que, en el caso de las mujeres, quizá pesa un poco más por una cuestión puramente biológica. “La neurocientífica Ana Ibáñez me explicaba que en el cerebro femenino se observa mayor actividad en el sistema límbico, que es responsable de las emociones, lo que podría explicar por qué experimentamos todo con mayor intensidad y somos más sensibles al estrés. De hecho, hay estudios –como uno realizado por una universidad de México– que concluyen que las mujeres, ya desde la adolescencia, tienen el doble de respuesta rumiativa que los hombres. Es decir, nuestro cerebro es una centrifugadora constante”, revela. Así que, ¿cómo no estar cansada?
De entre las muchas claves que proporciona en su título, hay una que destaca por las distintas aplicaciones que puede tener: simplificar. Un ejercicio que se puede hacer desde con la alimentación –con menús programados previamente para que cocinar sea una tarea más diligente y ágil cuando tiene que serlo, por ejemplo– hasta con la ropa. Sobre esto último, Morales apuesta por tener determinadas fórmulas estilísticas que funcionan y que hacen las veces de uniformes que solventan de manera expeditiva la duda de qué me pongo frente al armario todas las mañanas. Siempre y cuando eso suponga una carga y no un placer, claro. Al final se trata de minimizar la toma de decisiones en asuntos pequeños y sin trascendencia para dejar espacio mental para otras más importantes que sí que van a requerir de toda nuestra atención. Por una cuestión de higiene y orden mental y también porque, sencillamente, en ocasiones bajar el listón de las expectativas es liberador. “Ha calado mucho el mensaje de que podemos llegar a todo y, aunque quizá podemos hacerlo, creo que es el momento de decidir no llegar a todo. Suficiente está bien. No pasa nada por dejar cosas sin hacer, no todo tiene que ser perfecto. Es hora de reivindicar el descanso”, afirma con convicción. Desde luego es una causa a la que es imposible no querer adherirse.

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