Antonin Tron es el nuevo director creativo de Balmain, a partir de este mes, tras la marcha de Olivier Rousteing, cuyo impresionante mandato de 14 años multiplicó por diez los ingresos de la casa francesa. Tron, de 41 años, es el diseñador detrás de la marca parisina Atlein, una marca de una década de antigüedad conocida por sus drapeados artesanales y su dominio del punto – «tan buenos como el de Alaia», destacó Hamish Bowles en el perfil del diseñador que escribió para Vogue en septiembre de 2016–, así como por su visión reflexiva y respetuosa de la feminidad (nutrida por teóricas, escritoras y artistas feministas, de género y medioambientales). Tron presentará su primera colección para Balmain para la temporada de otoño-invierno 2026/27, en marzo del año que viene.
«Balmain posee una historia realmente inspiradora», afirma Tron. «En su esencia, la casa encarna el savoir faire, la cultura, la sensualidad y la elegancia, una moda radiante, precisa y audaz. Me siento profundamente identificado con todo ello, y tengo el privilegio de poder construir sobre este increíble legado». Matteo Sgarbossa, CEO de Balmain, comenta: «Estamos encantados de dar la bienvenida a Antonin a la casa Balmain. El enfoque del diseño de Antonin, arraigado en el arte del drapeado y la fisicalidad del tejido, supone una continuación de la creencia fundacional de Pierre Balmain de que ‘la costura es la arquitectura del movimiento’». Por su parte, Rachid Mohamed Rachid, CEO del grupo matriz Mayhoola y presidente de Balmain, ha declarado: «Nos complace enormemente dar la bienvenida a Antonin Tron al grupo y a Balmain. Su reflexivo enfoque del diseño, con su base artesanal y su sensibilidad artística, le convierte en un talento apasionante para la casa».
Personalmente, conocí a Tron en febrero de 2016, a través de la escritora inglesa Kerry Olsen, que era amiga del socio italiano de Tron, Gabriele Forte. Cuando me habló de un nuevo diseñador interesante que lanzaba su propia marca, me dirigí al apartamento de Tron, en el distrito 11 de París, que recuerdo por su colección de cerámica de Vallauris (de la que también soy fan) y un perchero con las prendas de punto más exquisitas. Sus primeros diseños eran líquidos y sinuosos, pero también dotados de rigor y precisión. Es una combinación que refleja perfectamente a la persona que los hizo, de una inteligencia curiosa que se complementa con su considerable empatía emocional.
En esa primera visita, descubrí que había estudiado en la Real Academia de Bellas Artes de Amberes y que trabajaba todavía en Balenciaga (empezó con Nicolas Ghesquière y luego con Alexander Wang y Demna, que se convirtió en una especie de mentor para él). Antes trabajó en Givenchy, con el estilista Olivier Rizzo, Raf Simons y Paul Helbers en Louis Vuitton. Más recientemente, trabajó en Saint Laurent. A su vez, hablé de él y de su marca a casi todos mis colegas de Vogue USA, que también acudieron a conocerlo, al igual que los equipos de Bergdorf Goodman y Neiman Marcus cuando les hablé de Tron en nuestro habitual desayuno bianual de Vogue en el Ritz (Bergdorf’s se hizo con Atlein).

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