La aceptación como parte del proceso
Hace años descubrí que el trabajo personal y el autoconocimiento eran el único camino posible hacia la paz. A mis 51 años sigo creyéndolo, aunque todavía lidio con algunos de mis viejos demonios después de interminables horas de terapia. Un día, tras enfrentarme por enésima vez a mi incapacidad para gestionar el conflicto, me pregunté si quizá existía un punto de aceptación que no estaba dispuesta a ver o si necesitaba horas extra con mi psicóloga.
“Lo que negamos nos persigue, lo que aceptamos nos transforma”, escribió Carl Jung, padre de la psicología analítica, una frase harto conocida que nos invita a mirar nuestra propia sombra, es decir, todo aquello que nos cuesta reconocer en nosotras mismas. En un momento en el que la salud mental está en el centro de las conversaciones, resulta innegable la necesidad de sanar viejos traumas, trabajar bloqueos y revisar aspectos de nuestra personalidad que nos generan malestar. Quizá, en ese afán de mejorarnos, se nos está olvidando aceptar lo que somos.
Begoña Aznárez es psicóloga y psicoterapeuta especialista en trauma, apego y psicosomática, y me explica el papel del aprendizaje en la sanación. “Si la persona ha podido hablar de lo que le ocurrió con sus figuras de apego y canalizar el impacto emocional que le produjo, la evolución de los acontecimientos será muy distinta. Por muy dolorosa y difícil de integrar que sea, acabará suponiendo un aprendizaje y le ayudará a enfrentar nuevos retos vitales con herramientas útiles y creencias que no le limiten. Pero si ha debido silenciar y ocultar lo que ocurrió, entonces convive con ello sin poder extraer aprendizaje adaptativo”.
Aclara que en estos casos, el dolor emocional encuentra otras vías de salida y pueden aparecer síntomas, algo que no deja de ser una manera de convivir con lo traumático, porque siempre encontramos la manera de hacerlo. “En estos casos reaccionamos, no respondemos. Para responder debe haber aprendizaje consciente. La clave está ahí”.
La pregunta es, ¿se puede sanar sin borrar la huella de lo vivido? La autora de ‘Las heridas que no vemos’ (Vergara), señala que al revertir el automatismo de disociar y llevar a cabo un aprendizaje consciente, la herida empieza a cicatrizar. “Esa cicatriz estará siempre ahí, aunque ya no dolerá. Será un recordatorio que ha perdido el impacto emocional negativo, y la huella de un gran aprendizaje”.
La presión de superar el pasado
Gran parte del contenido sobre bienestar que vemos en redes sociales insiste en que debemos convertirnos en nuestra mejor versión, dejar atrás el pasado y eliminar cualquier atisbo de incomodidad. Un mensaje que, sin quererlo, puede generar mucha presión. Según Aznárez, no es raro que alguien con vivencias dolorosas que las ha mantenido fuera de su conciencia como forma de adaptación y supervivencia, rechace de plano la idea de revisarlas. Le aterroriza abrir esa “caja de truenos”, enfrentarse a sus propios fantasmas y renunciar a la aparente calma de seguir como si nada hubiera ocurrido. Que ese mecanismo haya sido útil en un momento de su vida no significa que lo siga siendo. Reprimir o disociar lo que duele no lo borra; suele reaparecer convertido en síntomas y malestar. “Por eso insistir en mirar el pasado y trabajarlo es la mejor manera de lograr alivio y sanación, siempre respetando el momento y los tiempos de cada uno”, afirma.

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