He cambiado el club de las 5 de la mañana por la gran tendencia wellness de 2026
Mi relación con el club de las 5 de la mañana –ese fenómeno que convirtió en libro Robin Sharma y que propone empezar el día pronto y con propósito para dedicar tiempo al desarrollo personal– ha sido larga e intermitente. Y no del todo saludable. Es decir, si bien el objetivo de esta teoría no es tanto levantarse al alba para aumentar la productividad sino para poder dedicarse tiempo de calidad a uno mismo con actividades como meditación, ejercicio o lectura, siempre que me he sumado a él mi objetivo final era el siempre peligroso ‘llegar a todo’. Por lo tanto, y aunque el silencio de la mañana me ha dado mucha paz para tomarme un café con calma o hacer algo de ejercicio, también me ha dado vía libre para trabajar en silencio y no cumplir con ninguna de las máximas de su esencia. Por no hablar de que al final he terminado robando horas a mi sueño ya que, aunque me levantaba pronto, no me iba a la cama precisamente temprano, por lo que el balance de horas de sueño me salía en negativo.
Pero la realidad es que en determinados momentos de mi vida me he alistado a sus filas con convicción: cuando mis hijas eran más pequeñas y necesitaba estar lista (superlista) cuando ellas se levantaban para todos los imprevistos que surgían cuando ponían un pie fuera de la cama; en momentos fuertes de trabajo en las que era el único rato en el que conseguía estar concentrada; en mi época de estudiante, cuando necesitaba memorizar temario y a las sieta de la tarde me resultaba totalmente imposible… Pero, la verdad, estoy intentando dejarlo (sí, hablo de ello como el que quiere dejar de fumar). Y los días que lo consigo y duermo 45 ó 60 minutos más –tampoco es que me haya vuelto del ahora hiperfamoso club de las 8 de la mañana que defiende la escritora Emily Austen– mi vida mejora considerablemente. A las 11 de la mañana ya no tengo esa necesidad imperiosa de meterme en la cama y tengo la energía suficiente (no demasiada, pero al menos la tengo) para seguir afrontando lo que me queda de día, que suele ser mucho.
Los costes en las relaciones sociales que tiene levantarse tan pronto
Al hilo de todo esto leía un artículo de Liz Kriege en The Atlantic con el que me identificaba plenamente. La escritora hablaba del coste social de ser una morning person y en concreto hablaba de cómo levantarse tan pronto, aunque había aumentado su productividad, le estaba poniendo difícil ciertas relaciones sociales (como cuando quedas un fin de semana con amigos y a las nueve empiezas a bostezar porque tus ritmos son otros, yo soy esa). Kriege hablaba en concreto de la relación con sus hijas adolescentes y relataba a la perfección ese momento de las 10 de la noche en el que tus hijos en plena pubertad y con el deseo muy vivo de desafiar el sueño, quieren contarte cosas importantes que les han pasado durante el día y tú ya estás dando cabezazos porque te has levantado al alba. “Mi hija pequeña apareció en la puerta de mi habitación poco después de las 10, queriendo organizar planes para el fin de semana. Intenté recuperarme, levantándome y fingiendo seguir todos los detalles, pero mi cerebro ya se estaba apagando. Ella se dio cuenta. Después de una breve pausa, se rindió y dijo buenas noches. Me quedé allí, arrepentida de haberme marchado justo cuando ella se había acercado”, contaba describiendo una situación que de forma parecida me ha ocurrido en demasiadas ocasiones últimamente.
Y todo esto es totalmente cierto. Cuando consigo levantarme algo más tarde, mis relaciones también mejoran. Porque sí, soy una morning person. Y cuando suena el despertador lo apago sin dudar y me levanto con energía y, a veces, hasta con ganas de comerme el mundo. Pero esas buenas intenciones, cuando me levanto a las cinco, suelen desvanecerse a las 10 de la mañana, justo cuando el día está casi comenzando para una inmensa mayoría de personas de mi alrededor. Por no hablar de que cuando duermo menos como mucho peor. Ya se sabe, con cansancio se toman muy malas decisiones, también frente a la mesa. Y ya lo de hacer algo de ejercicio por la tarde es otra misión casi imposible cuando llevas desde las cinco en pie.

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