La joyería de autor recupera su esencia artesanal
Hace cien años, en la Exposition Internationale des Arts Décoratifs et Industriels Modernes de París, los orfebres se valieron de metales preciosos, piedras exóticas y una imaginación desbordada para elevar la joyería al rango de arte aplicado. El art déco consiguió reconciliar la artesanía con el gran público y, durante décadas, la joyería de autor hablaba de modernidad, viajes y promesas de futuro. Desde entonces, el sector ha atravesado etapas de estandarización, exceso y minimalismo, pero más de un siglo después, en un mundo dominado por un consumo acelerado, las creadoras contemporáneas vuelven a reivindicar la singularidad, la materia y el sentido. “Cada pieza que creo es única, realizada a mano con materiales nobles, puros y con propósito”, explica María Moro, fundadora y diseñadora de Oona, que en gaélico significa ‘una’ y también ‘pura’.
El renacimiento de la joyería emocional es ya una realidad en nuestro país, donde muchas marcas construyen un lenguaje más sensorial. “Hoy las mujeres buscan piezas que hablen de ellas, que tengan un significado y que reflejen una identidad. Creo que existe una necesidad de conectar con lo auténtico y lo personal”, confirma Susana Cruz, alma mater de Suma Cruz, que nació hace más de 15 años con la intención de hacer de lo accesorio lo principal: “Desde el primer momento quise que las joyas fueran protagonistas del look, no meros adornos. Siempre he apostado por el maximalismo”.
Ambas emprendedoras comparten una misma convicción: que sus diseños sirvan como un medio de expresión. En el caso de Moro, representan conciencia y respeto, fruto de la autenticidad que hay detrás de cada una de las gemas. No se trata solo del brillo del zafiro, la turmalina o el sinhalite, sino del modo en que se obtiene. Esa mirada ética la llevó hasta Sri Lanka, donde la minería está regulada y supervisada, lo que ofrece seguridad y confianza. En este entorno desconocido y exuberante descubrió una conexión real con la tierra y con la belleza que surge sin artificio: “Las piedras eran tesoros de la naturaleza que podía tocar, transformar y convertir en algo eterno para otros. Así floreció toda mi creatividad”. Eligió la ciudad costera de Galle, al sur de la isla, como centro de producción, y empezó a colaborar con talladores esrilanqueses, que combinan técnicas tradicionales con una sensibilidad casi espiritual hacia su oficio. El compromiso de Oona no se limita a lo estético: tiene en cuenta el impacto social y ambiental de cada etapa, desde la extracción de los recursos naturales hasta el producto final: “Implica trabajar con materias primas sostenibles, garantizar condiciones laborales justas y evitar que los beneficios financien conflictos o destruyan ecosistemas”.

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