Para el catering, optaron por un menú cóctel del propio restaurante junto a estaciones de sushi y ostras. “Es lo que más nos gusta en el mundo”, confiesan. Los novios no querían cenar en una mesa convencional porque su objetivo era pasar tiempo con todos los invitados. “Al ser una boda pequeña, era más fácil que todos interactuaran entre sí”, dicen.
Los amigos de la pareja estuvieron muy implicados en el proceso. “Matías Uris se encargó de retratar los momentos previos a la boda cuando me arreglaba junto a mis hermanas y amigas, además de los posados tras la ceremonia. Su novio Paco siguió tomando fotos en el evento, y Rafa Suñén hizo una crónica espectacular de todo, desde el arranque del evento hasta la fiesta”, dice la novia. “Para el diseño de la invitación conté con la ayuda de mi amiga Cata y la directora de arte Isabel Acerete, que luego replicamos en las minutas, la tela bordada y los rótulos de las estaciones. Quisimos algo sencillo y elegante, con la atención puesta de nuevo en los detalles como el sello con nuestras iniciales que creamos nosotros para el sobre y los regalos, el lacre de marfil en forma de concha que hice yo misma o la caligrafía de los nombres de los invitados creada por Eltintero”, continúa.
El vestido de novia también fue obra de una amiga de la novia. “Mi vestido fue sin duda el preparativo más complejo, prolongado en el tiempo y emocionante de la boda. Antes de saber dónde y cuándo nos casábamos, ya estaba tomando forma. Fue un regalo de mi hermana Isabel y un diseño de amiga Nuria García, que trabaja para una conocida marca de ropa española y somos amigas desde hace décadas”, cuenta Victoria.
Cuando Victoria le pidió a Nuria que crease su vestido de novia, comenzaron a surgir entre ellas un montón de referencias: Vivienne Westwood, Miss Claire Sullivan, Dilara Findikoglu, Rosalía o los corsés de Galliano, además de bodas míticas como la de la fotógrafa Harley Weir. “Quería un vestido muy de novia, pero también que me sintiera bien y favorecida”, explica.
Con todo este batiburrillo de cosas, Nuria esbozó una prueba con la IA que dejó a la novia con la boca abierta. Luego fue cogiendo forma en las siete pruebas que tuve que hacer en Barcelona, en el taller del patronista Juan Carlos Grao, quien lo hizo realidad modelado como en alta costura sobre una glasilla y armado desde el corsé. Más de treinta metros de tafetán de seda salvaje en blanco roto que se manipulaba como papel, tiras bordadas japonesas en ambos laterales, un corpiño inacabado que simulaba el estar ‘a medio vestir’ o un velo de encaje natural que el mismo Grao cortó, fueron algunos de los elementos a destacar, además de la etiqueta bordada a mano que creó Nuria con los nombres de la pareja y el suyo. “Hubo muchos madrugones, vuelos y trenes, dudas sobre cómo traerlo –mide 180 cm de largo– y emoción al verlo finalizado en el maniquí, pero lo más especial del proceso fue compartir todo este tiempo con mi amiga, ya que al vivir en sitios diferentes nos vemos poco. El mejor regalo fue estar con ella”, dice la novia.

Más historias
Total look blanco: 10 maneras de vestir de blanco (de arriba abajo) este verano
Mocasines de verano: el calzado plano que sustituye a las zapatillas (y a las sandalias) incluso en vacaciones
Tonificar el abdomen: este es el deporte que necesitas practicar en tus próximas vacaciones