En septiembre de 1981, Julia Ibars se divorciaba de su marido de mutuo acuerdo. Era la primera mujer en hacerlo en más de un siglo de historia española. El Congreso había aprobado tres meses antes la Ley del divorcio –el gobierno de la Segunda República lo hizo en 1932, pero los tribunales no siempre aceptarían las numerosas peticiones–. Hasta entonces, la mayoría de las mujeres no gestionaban sus finanzas y la soltería era una manera de estar en el mundo que acarreaba comentarios despectivos.
Con el avance del feminismo, nuestra creciente incorporación al trabajo remunerado y los ánimos heterofatalistas, la soltería tiene ahora más pedigrí que nunca –en 1991, solo un 2 % de las jóvenes entre los 30 y los 34 años vivía sola; en 2022 lo hacía un 10 %–, según un informe publicado por el centro de análisis Funcas, pero algo no ha cambiado: estar soltera sigue implicando un coste económico y emocional que no todas nos podemos permitir. La escritora Llucia Ramis, que investigó el aumento del precio de la vivienda en su ensayo Un metro cuadrado (Libros del Asteroide, 2026), considera que no tener pareja implica enfrentarse a una serie de inevitables malestares. El primero y más evidente: el material. “Cuesta mucho vivir sola si no has heredado una vivienda. Resulta casi inviable pagar un alquiler o una hipoteca sin ayuda o sin dividir gastos”, comparte.
Los datos sostienen lo que podría confundirse con una percepción personal. Más de un cuarto de las mujeres españolas [6,7 millones] viven en riesgo de pobreza o de exclusión social (medio millón más que los hombres) –así lo demuestra un reciente estudio de EAPN España, a partir de los datos de la última Encuesta de Condiciones de Vida publicada por el INE– y el 75 % de los contratos parciales los firman mujeres. “La brecha salarial de género en España se sitúa en torno al 16 % y somos nosotras quienes asumimos de manera mayoritaria las interrupciones profesionales, sea por maternidad o por cuidados, lo que repercute directamente en nuestra capacidad de ahorro, inversión y generación de patrimonio”, explica la abogada Livia Paretti, organizadora durante años del evento ‘Mujeres, dinero y finanzas’.
Su propósito era formar y concienciar sobre educación financiera y autonomía económica. “Hasta 1975, no podíamos gestionar libremente nuestras operaciones bancarias sin la autorización masculina y ese legado sigue teniendo un impacto cultural”, lamenta. En consecuencia, disfrutamos de menor capacidad económica, lo que genera una gran sensación de inseguridad. Paradójicamente, somos nosotras quienes solemos presupuestar mejor el gasto cotidiano. “Muchos estudios de comportamiento demuestran que las mujeres ahorran de manera más conservadora, evitan gastos impulsivos y priorizan la estabilidad financiera”, ahonda Paretti.
La escritora feminista Ana Geranios, autora de Verano sin vacaciones. Las hijas de la costa del sol (Piedra Papel Libros, 2023), una propuesta que nos acerca a la precariedad de una trabajadora del sector hostelero, suscribe sus palabras. “En mi opinión, los hombres tienen un concepto de gasto y consumo que está menos relacionado con la economía de lo familiar y de lo necesario, por tanto, cuando se comparten los gastos, salimos perdiendo”.

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