02/08/2026

La falda de ganchillo es la pieza que llevan las que más saben de moda

El legado convertido en tendencia: la falda de ganchillo y la nostalgia del verano

Hace poco falleció la abuela de una de mis mejores amigas y, entre abrazos, recuerdos y todas esas frases que intentan hacer más llevadero lo imposible, una palabra no dejó de resonar en mi cabeza: legado. Pensaba en todo aquello que heredamos sin que nadie nos lo entregue realmente. Gestos, recetas, formas de poner la mesa, formas de cabrearnos, formas de perdonarnos, en definitiva, maneras de querer. Cosas que pasan de generación en generación sin necesidad de un testamento.

Todo ello sumado a la vuelta al pueblo en verano, ha hecho que la que escribe estas palabras lleve días pensando en las abuelas españolas de toda la vida. En esas mujeres que parecían tener el tiempo en las manos. Las mismas que hacían un bizcocho sin mirar una receta. “Échale la harina que admita, hasta que haga torrecilla”, decía la mía, alejándose de la exactitud, lo estricto y el perfeccionismo crónico enmascarado que experimentamos la Generación Z. Las que siempre encontraban sitio para uno más alrededor de la mesa, nada de reservas previas. Las que convertían cualquier merienda en un banquete improvisado. Llegabas diciendo que no tenías hambre y salías con la sensación de haberte comido media despensa. Primero el café con una buena dosis de azúcar –¡Qué Dios nos pillase confesados!–. Luego el bizcocho de yogur. Después las galletas «María» de siempre. Y, cuando pensabas que había terminado, aparecían las galletas de mantequilla dentro de lo que posteriormente se convertiría en caja de la costura. Ellas entendían el amor como una mesa que nunca dejaba de llenarse y esa mesa no solo sostenía todo ello, sino que hablaba a través de sus vestimentas hoy convertidas en la falda de ganchillo más apetecible de entre las tendencias para este verano 2026.

Si el gotelé peinaba todas las paredes, el ganchillo descansaba sobre la mesa, cubría los muebles, vestía los cojines o esperaba doblado con cuidado en algún cajón. Nunca le prestamos demasiada atención porque siempre estuvo ahí, formando parte de ese costumbrismo castellano que definió tantas casas mediterráneas. Era tan cotidiano que parecía no existir y puede que por ello despierte hoy tanta nostalgia. Igual que ocurre con las vajillas de Duralex, las sillas de enea o las persianas de madera a medio bajar, el crochet pertenece a esa colección de objetos que durante años pasaron desapercibidos y que ahora miramos con otros ojos. En una época obsesionada con rescatar recuerdos –del auge del Y2K al fenómeno grandmacore pasando por la reciente obsesión con 2016 diez años despuésel ganchillo deja de ser un simple tejido para convertirse en un símbolo de cultura.

De ahí que resulte tan bonito que, décadas después, el crochet haya encontrado un lugar privilegiado en la moda. Hoy adquiere diversas formas, desde casquetes hasta pantalones cortos pasando por los bolsos de ganchillo que protagonizan colecciones, editoriales y maletas de vacaciones. Las faldas de crochet condensan todo ese imaginario en una sola prenda. Con siluetas fluidas, puntos abiertos que dejan pasar la luz y un movimiento que recuerda al vaivén de las cortinas en una casa de pueblo, se han convertido en una de las piezas más deseadas de la temporada. Combinan la delicadeza de lo hecho a mano con una estética relajada que encaja igual de bien con unas sandalias de cuero que con un bikini o una camisa de lino. Cada punto, cada dibujo y cada pequeña imperfección hablan del tiempo, de la paciencia y del valor de aquello que no puede producirse con prisa.

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