El siguiente artículo contiene ligeros spoilers de la segunda temporada de ‘Bronca’.
La segunda temporada de Bronca comienza con una deliciosa pelea conyugal, de esas en que los resentimientos están demasiado entrelazados y fosilizados como para diferenciar unos de otros. De esas que a muchos nos encantaría escuchar a escondidas, si pudiéramos. “Tenemos el puto huerto en la lista de cosas pendientes desde hace cinco años”, se lamenta la Lindsay de Carey Mulligan, una mujer de clase media-alta con zapatillas Veja y maxivestidos. Su marido Josh (Oscar Isaac), un millennial geriátrico con un micromullet, le responde. La cosa va calentándose hasta alcanzar un crescendo dramático. «Te odio de la hostia», sisea Lindsay. «Gracias a Dios que no tuvimos hijos», grita Josh. Empiezan a empujarse y a romper cosas. Y todo eso queda registrado, porque lo graba con el móvil una parejita joven e inocente que pasaba por allí a devolverles una cartera extraviada.
Es un excelente comienzo para la brillante serie de Netflix, cuya primera temporada, ganadora de un premio Emmy, parecía la prueba de que la televisión cuidada y bien escrita sigue mereciendo la pena en esta era de secuelas y reboots. Demuestra que los conflictos domésticos más triviales puedan resultar tan absorbentes y reveladores de la condición humana —si no más— que las narrativas grandilocuentes y llenas de acción. Y en esta serie también hay algo de eso, al principio. Se nos presenta a dos parejas que, aunque separadas por apenas una década, ocupan espacios muy distintos tanto en sus relaciones como en la sociedad que habitan, y se reflexiona mucho sobre cómo los diferentes trasfondo de riqueza y de clase social influyen en las decisiones, tanto macro como micro. Una sociedad en quiebra moral genera individuos en quiebra moral; es un sistema que nos aboca al fracaso a la gran mayoría, a menos que estemos dispuestos a rebajarnos.
Ahora llega el pero: mientras la primera temporada de Bronca culminaba con uno de los mejores episodios televisivos de todos los tiempos, la segunda arranca recogiendo múltiples hilos narrativos para después no atarlos del todo —o, directamente, olvidarse de ellos–. Llegamos a entender, más o menos, por qué alguien podría, por ejemplo, recurrir a un vídeo para chantajear a su jefe y conseguir un seguro médico en un país donde no todo el mundo tiene acceso a algo tan básico como seguir con vida. Pero otros puntos de la trama resultan más inconsistentes, confusos: Lindsay decide de repente implicarse en una empresa coreana de cirugía estética; Josh opta por desviar fondos para un festival de música que desaparece del relato un episodio después; Ashley (Cailee Spaeny) falsifica la licencia de fisioterapeuta de su novio Austin (Charles Melton) sin un motivo claro y sin consecuencias visibles. Hacia la mitad de la temporada, las intenciones se vuelven difíciles de seguir: no sabemos qué impulsa a estos personajes ni por qué deberíamos preocuparnos por ellos.
La temporada, eso sí viene cargadita de estrellas. Mulligan está inmensa en el papel de Lindsay –muchos habremos conocido seguramente a una mujer así, desprendiendo un halo de maldad y unos zuecos de Birkenstock en los pies–. Charles Melton brilla en su papel de hombre niño buenorro de 29 años. Song Kang-ho –cuya interminable lista de reconocimentos ocupa una página entera en la Wikipedia– llena de matices y emoción al personaje secundario del Dr. Kim. Pero un actor no puede hacer mucho con un guion endeble. Y se tiene la sensación de que los nombres se utilizan más para apuntalar la serie que para complementarla, lo que puede hacer que resulten lamentablemente desaprovechados. Brotan cameospor todos los rincones –Benny Blanco, Finneas, Hot Chip–, pero funcionan como poco más que intentos de agradar al público. De hecho, hay tantos de esos momentos diseñados para gustar –secuencias de peleas, viajes con drogas, música en directo– que uno empieza a olvidarse de lo pasa al margen de ellos, de lo que la serie está queriendo contarnos realmente.

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