La trama de Oxígeno (Alfaguara), el nuevo libro de Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990), arranca in media res. “Hay una mujer tirada en el suelo del cuarto de baño”, y esa mujer es ella misma. Al contrario que sus obras anteriores, La edad ligera (Rialp, 2021), Los nombres propios (Sexto Piso, 2021) y No todo el mundo (Sexto Piso, 2023), que transitaban el terreno de la poesía –el primero– y la ficción –los dos últimos–, este nuevo título serpentea por la senda de lo autobiográfico, aunque jalonado de elementos literarios e incluso periodísticos, para contar un episodio decisivo que tuvo lugar en 2020: la autora relata la intoxicación por monóxido de carbono que sufrió en su casa –una vivienda de alquiler cuya caldera no había pasado las revisiones oportunas, tal y como marca la ley– junto con su pareja, el también escritor Juan Gómez Bárcena, que a punto estuvo de costarle la vida.
A partir de ese hecho tan inesperado como lacerante, Jiménez Serrano reconstruye en un relato, a veces descarnado, a veces íntimo y siempre personal, lo que ocurrió antes, durante y después para tratar de ofrecer una visión absolutamente particular del impacto que tiene sobrevivir. “Yo creo que el libro es una toma de conciencia plena de que me voy a morir, de que nos vamos a morir. Es decir, todos lo sabemos intelectualmente, pero creo que no es lo mismo saberlo, que sentirlo e integrarlo. La propia conciencia de la muerte te da también mucha conciencia de la vida. Es un poco extraño. Pensé que me iba a salir un libro menos luminoso pero al final, a pesar de lo que cuenta, sí que lo es porque es una invitación para aprovechar la vida, para vivirla plenamente, no en piloto automático”, reflexiona la autora una soleada mañana de noviembre cuando se produce esta entrevista.
A pesar de la fuerza del acontecimiento, también en términos literarios –“Es muy difícil ser escritor y vivir una experiencia cercana a la muerte y no escribirla”, reconoce–, no entraba en sus planes el uso de la primera persona. Al principio Jiménez Serrano lo intentó desde la óptica de la ficción, pero no funcionaba, así que finalmente venció la vergüenza y se puso en el centro de la historia, de su historia, un ejercicio que tuvo algo de sanador. “El trauma lo resolví en terapia, no con el libro, pero el libro ha tenido algo de terapéutico también. Hay cosas que podemos verbalizarlas solo cuando están sanadas. He ido descubriendo qué me estaba contando el libro mientras lo escribía. Porque el suceso está claro, pero qué sacas de ahí y a dónde te lleva he tenido que descubrirlo en el proceso de escritura”, confiesa. Lo que sí que no ha podido evitar la madrileña es aplicar ciertos recursos literarios a la obra, por más que esta fuera biográfica.
El tono y los saltos en la narración procuran ritmo y tensión en el relato de los acontecimientos, por lo que Oxígeno termina siendo un artefacto personalísimo que se lee con el enganche sostenido de una novela, pero con el afecto y la empatía de saber que la trama es real, colocando al lector en un lugar nuevo muy interesante. “Hay una intención deliberada –que, al mismo tiempo, es un juego literario– de decirle al otro: ‘Te lo voy a dar en crudo’”, ilustra. Una de las emociones que planean a lo largo de toda la narración es el miedo o, al menos, la noción de él; sensación que se vive desde ángulos muy diferentes según el punto de vista de quién lo padece. “Cuando me estaba muriendo, miedo no tenía. En ese momento tenía mucho más Juan que yo. Da muchísimo susto retrospectivo, es decir, el miedo implica conciencia y perspectiva y cuando estás ahí en el suelo, no tienes ni conciencia ni perspectiva”, concede la protagonista del episodio. Otro de los grandes temas del libro es la gestión del trauma, no solo como ejercicio individual sino también colectivo. “Ojalá un brazo escayolado, ojalá una herida visible”, escribe Jiménez Serrano en un momento dado. Porque lo invisible solo existe si se nombra, si se habla de ello. “Yo creo que esto pasa con todos los dolores que no se ven: en general, la gente espera que uno se reponga rápido o sacamos conclusiones también por cómo vemos a las personas, pero eso no significa que no puedan estar mal”, reflexiona la autora, y añade: “Tenemos poca tolerancia al dolor ajeno. Es un topicazo, pero preguntar qué tal estás, dejando el espacio y el tiempo para que el otro responda, es importante. Vivimos en una sociedad que condena mucho la tristeza y creo que tenemos unos deberes pendientes muy grandes ahí”.

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