Los pantalones bloomers de una mujer más activa
En septiembre de 1894 la revista Vogue puso en su portada a dos mujeres en bicicleta vestidas con los pantalones de rigor en Francia.Archivo Condé Nast
No resulta extraño que a la hora de buscar referentes más cómodos, los reformistas del vestido se fijasen en apuestas estilísticas adaptadas al nuevo estilo de vida que trajo consigo el cambio de siglo (XX). En Reforming Women’s fashion (1850-1920), la autora Patricia Ann Cunningham defiende que los bloomers derivan del traje de gimnasia que se popularizó en escuelas y universidades para las actividades físicas: “Los bloomers, e incluso las faldas cortas, se aceptaron como vestimenta apropiada para muchos deportes y actividades al aire libre, incluso en el ámbito público. Sin duda, el uso de pantalones para estas actividades acostumbró a muchas mujeres a usarlos y a otras a verlo en público”, expone. “Este año no hay ninguna falda”, escribía Josephine Wilkin a su madre, en 1891. “Los pantalones son turcos, con pliegues y se abrochan a la cintura. ¡Cada pernera mide 80 pulgadas de ancho!”, describía al respecto de su uniforme para hacer deporte en la universidad.
Si hubo un ejercicio que marcó un antes y un después en las mujeres, ese fue la bicicleta. Su predecesor, el biciclo, ya había obligado a las más osadas a tomar prestadas prendas masculinas para dirigir este vehículo con la rueda delantera más grande. En 1890 se generalizó como una actividad al aire libre para todo el mundo, especialmente a raíz de la bicicleta de marco bajo para mujeres. El número de mujeres ciclistas no dejó de crecer, y las revistas ofrecían una variedad de estilos para esta disciplina: “La doble prenda interior resulta fundamental”, aconsejaba Vogue en 1895. “Los pantalones o bombachos deben ser del mismo material que la falda. La característica más importante de la falda para montar en bicicleta es su escasa amplitud. Desde la cintura hasta el sillín conviene prescindir del exceso de vuelo. De este modo se consigue una silueta menos aparatosa”, recogía en su número de octubre. A pesar de los avances, la modestia era imperativa. En el verano de aquel año, Ida M. Rew, residente en Nueva York, patentó un “traje atlético para damas” consistente en unos pantalones ocultos bajo una falda. En sus palabras, su invención era un diseño “seguro” y de aspecto “ligero y discreto”. Las primeras en adoptar la moda ciclista fueron las parisinas, y a mediados de la década, les secundaron las inglesas. Vogue relata cómo de once a una de la tarde Hyde Park estaba plagado de ciclistas femeninas con falda “dividida” y botas altas que fueron cambiando de temporada en temporada.


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