La esperada boda entre Taylor Swift y Travis Kelce, el pasado sábado, estaba destinada a convertirse, por derecho propio, en el epicentro absoluto de las noticias de la cultura pop de la temporada. Y así fue. Con un despliegue digno de una alfombra roja internacional, el Madison Square Garden se transformó en un gran desfile de rostros conocidos: desde Selena Gómez y Camila Cabello a Steven Spielberg, Gigi Hadid o Paul McCartney. Sin embargo, en medio de todo este despliegue de glamur, los focos apuntaron hacia un vacío imposible de ignorar: la no aparición de Blake Lively, eterna e inseparable amiga de la cantante (hasta que no lo fue).
Mientras las dos industrias –las de la música y la del deporte– se reunían en Manhattan, la actriz se encontraba a kilómetros de distancia, en un escenario radicalmente opuesto. Lively optó por mantenerse al margen del evento nupcial –¿o no fue invitada?– para asistir a un concurso ecuestre en el que participó una de sus hijas. Un hecho que, lejos de ser un problema de agenda, la industria ha leído como la confirmación definitiva de su distanciamiento.
Además, la ausencia resulta especialmente significativa si analizamos el histórico de una de las amistades más fotografiadas y envidiadas de Nueva York. El vínculo entre ambas era tan estrecho que, en noviembre de 2024, Ryan Reynolds confirmó lo que ya era un secreto a voces: Swift había sido escogida como la madrina de las tres hijas de la pareja, James, Inez y Betty. Y con todo, su última aparición conjunta en el imaginario público se remonta a octubre de ese mismo año, cuando se les vio teniendo una cita doble en el exclusivo restaurante The Corner Store, de Nueva York.

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