02/08/2026

Sin móvil: esto es lo que aprendí en 72 (incómodas) horas

Ocurrió en un avión hacia Zagreb. Mi móvil empezó a fallar aleatoriamente. Y luego… se apagó de golpe. Me puse a toquetear compulsivamente la pantalla, lo que –oh, sorpresa– no sirvió de nada. “En fin”, pensé, guardando el teléfono. “La vida sigue”. Pero eso fue antes de caer en la cuenta de mi verdadera situación: sin móvil, adiós a la tarjeta de embarque, el correo electrónico, la aplicación del banco, mis contactos, el Maps y el Uber, y olvídate de saber la hora. Sin móvil, me quedaba sin nada. Y además precipitándome hacia otro país, a punto de pasar 72 horas sin móvil en Croacia.

Las primeras 12 horas las pasé en un estado de pánico logístico. Por suerte, estaba con un familiar que pude ponerse en contacto con mi pareja, que a su vez pudo meterse en mi correo electrónico desde Alemania (una larga historia) y localizar mi tarjeta de embarque. Al menos podía volver sin problema. Luego pedí dinero prestado a varias fuentes, así que en ese sentido estaba cubierta. Aún así, seguía teniendo que pasar 72 horas sin móvil, lo que supondría el mayor tiempo alejada de esa cajita luminosa en por lo menos diez años. Y como sabrá cualquiera que haya perdido el teléfono alguna vez, al principio fue un poco como dejar de fumar, porque no tenía ni idea de qué hacer con las manos. Me descubrí pulsando distraídamente la pantalla en negro, solo por apaciguar el mono.

No hace falta que diga la enorme cantidad de tiempo que pasamos de media enganchados al móvil, pero he aquí un dato aproximado: según estadísticas recientes, consultamos el teléfono luna media de 58 veces al día y pasamos unas cuatro horas y 37 minutos diarios haciendo scroll (lo que equivale aproximadamente a un día a la semana). Creo que hubo un momento -quizá a principios de la década de 2010, justo cuando los iPhones se extendieron por todas partes, en el que hubo una alarma generalizada ante el abuso del smartphone. Pero en los últimos años, parece que se habla menos de la adicción a la tecnología. No porque ya no sea preocupante –lo es–, sino porque es demasiado tarde. Los niños de diez años ya tienen móvil. Son nuestros compañeros inseparables. Intentar frenar el uso de los smartphones de forma generalizada para que el impacto fuese significativo sería como prohibir el alcohol: imposible.

Pero en fin, volvamos a Zagreb. Una vez resuelta la logística de mi regreso, intenté relajarme y disfrutar de este nuevo mundo sin teléfono. Era incómodo, obviamente. Cada vez que me quedaba sola, que era cuando solía mirar el móvil, me descubría con la mirada perdida. Si veía algo que me gustaba, no podía hacerle una foto, así que mi única opción era intentar guardarlo mentalmente. No tenía ni idea de lo que estaba pasando en las noticias, ni de si alguien estaba intentando ponerse en contacto conmigo, lo que me provocaba una especie de comezón fantasma. Antes de irme a dormir, que es cuando normalmente me habría sumergido en TikTok, no me quedaba otra que cerrar los ojos y navegar mentalmente por mis propios recuerdos. No podía escuchar pódcasts, así que me quedaba a solas con mis pensamientos.

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