¿Hemos perdido el hilo? Hablemos de la capacidad de atención en la era digital
Tras una votación pública en la que participaron más de 37.000 personas, la universidad de Oxford nombró ‘brain rot’ como su palabra del año 2024. Definida como “el supuesto deterioro del estado mental o intelectual de una persona, especialmente visto como el resultado del consumo excesivo de material considerado trivial o poco desafiante”, su primer uso registrado data de 1854. Ahora, 172 años después y en plena era digital, parece haber cobrado un significado sustancialmente diferente. ¿Tanto contenido vacío ha conseguido alienar nuestros cerebros? ¿El consumo –cada vez mayor y más temprano– de flujos rápidos de información, estímulos breves y recompensas inmediatas no deja espacio para centrar nuestra atención en asuntos más complejos o enriquecedores?
“Hablar de brain rot y otras denominaciones presumiblemente impactantes no deja de ser una narrativa cultural. El término no nos gusta, máxime teniendo en cuenta que en neurología existen enfermedades que sí degeneran el cerebro de forma (por ahora) irreversible, y hablar a la ligera puede crear confusión”, tranquiliza David Ezpeleta, vicepresidente de la Sociedad Española de Neurología y responsable del Área de Neurotecnología e Inteligencia Artificial, y continúa: “Aunque existen numerosas evidencias que muestran que algo está sucediendo, desde la caída del rendimiento escolar hasta la reducción de la duración de los capítulos de las series enfocadas a la población más joven, muchos de estos trabajos se basan en encuestas y autoinformes, de modo que existen dudas sobre su validez científica”.
Sobre saber invertir nuestro ‘capital atencional’
Así pues, hablamos de una realidad con matices: no hay pruebas de un deterioro neurocognitivo, pero sí de una transformación profunda de los patrones de atención inducida por el entorno digital. En otras palabras: las plataformas compiten por capturar nuestro capital atencional y nosotros por conservarlo. “El capital atencional puede entenderse como la capacidad de dirigir el pensamiento de forma intencional: decidir qué estímulos permitimos que entren, durante cuánto tiempo mantenemos el foco y con qué facilidad lo recuperamos tras una distracción. La clave está en saber ‘invertirlo’ bien o, siguiendo la lógica bursátil, ‘procurar salir ganando’. Y es que, por tratarse de un bien cada vez más escaso, su valor no deja de aumentar”, argumenta Ezpeleta. Valor que, curiosamente, se revela en el lenguaje; con una atención que se ‘devuelve’ en las lenguas latinas (‘prestar atención’), mientras que, en las anglosajonas, se compra (‘to pay attention’ ).
El mito de la atención y el pez de colores
Una de las afirmaciones más repetidas –y, desde luego, más alarmantes– en este contexto, y que probablemente el lector ya habrá escuchado en más de una ocasión, sostiene que tenemos menos capacidad de atención que un pez de colores. A estos pequeños animales se les atribuyen tradicionalmente nueve segundos de atención sostenida, mientras que, en nuestro caso, la cifra descendería hasta los ocho segundos como supuesto máximo sin interrupciones.
Así, para quien haya llegado hasta aquí sin responder un WhatsApp entre medias ni deslizar el dedo por el feed de Instagram, enhorabuena: su minuto y medio de concentración ha superado con creces ese límite temporal. Y es que el polémico dato existe, sí, pero procede de un informe de 2015 sin validez científica elaborado por el equipo de Consumer Insights de Microsoft Canadá que concluyó, tras encuestar a 2.000 personas y analizar la actividad cerebral de otras 112 mientras realizaban varias tareas, no tanto que nuestra capacidad de atención se haya “reducido”, sino que se ha vuelto más fragmentada y sensible a los estímulos digitales, especialmente en entornos de alta sobrecarga informativa.

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