La infidelidad pública del deportista olímpico Sturla Holm Laegreid ha abierto un debate viral. Y no, ser infiel no fue el problema principal
Entre lágrimas de emoción y tristeza –similares a simple vista, pero químicamente distintas: las primeras, ricas en endorfinas y oxitocina; las segundas, con mayor concentración de leucina-encefalina, un calmante natural para ayudar a procesar emociones negativas–, el deportista noruego Sturla Holm Laegreid revelaba a los medios, tras alzarse con la medalla de bronce en biatlón en los Juegos Olímpicos de Invierno, su infidelidad confesa a su ex pareja. En directo. Sin el permiso de ella. En una plataforma de alcance planetario.
“Esto es grande. Mi primera medalla olímpica. Quiero dar las gracias a todos los que me han ayudado. A los técnicos por preparar unos esquís fantásticos y a mi familia por apoyarme”, hasta aquí, todo bien. Prosigamos: “También hay alguien con quien deseo compartir esto que, quizá, no me esté viendo”. Se viene, se viene. «Hace seis meses conocí al amor de mi vida, la persona más bella y más buena del mundo. Y, hace tres meses, cometí mi mayor error y le fui infiel. Se lo dije hace una semana, la peor semana de mi vida. Tenía una medalla de oro en la vida. Probablemente haya muchos ahora que me miren con otros ojos, pero yo sólo tengo ojos para ella”. WOW.
La receta tenía todos los ingredientes para hacerse viral: chico pide perdón a chica por ser infiel tras ganar una medalla de bronce de biatlón, deporte de invierno que consiste en esquiar campo a través durante 20 kilómetros para luego liarte a tiros. Una escena curiosa cuanto menos. Y, por si quedaba alguna duda de que asistíamos al capítulo piloto de un culebrón nórdico, en la rueda de prensa llegó la inmolación definitiva del noruego ante la pregunta, por parte de uno de los reporteros, de cómo reaccionó ella ante tal revelación: “Quedó conmocionada y lo nuestro se acabó. Desde entonces no hemos hablado demasiado, pero no estoy dispuesto a rendirme. Ahora he puesto todas las cartas sobre la mesa. No sólo ante ella, sino ante todo el mundo. Espero que suicidarme socialmente demuestre lo mucho que la quiero (…) Lo he hecho por ella, y ahora por el mundo entero. No tengo nada que perder”.
Oh, pobre. Qué mono. Lo ha hecho por ella.
Espera.
¿Qué mono? ¿¿Pobre?? ¿¿¿Lo ha hecho por ella???
Quede por delante que, personalmente, su infidelidad –en el plano meramente físico– no me parece lo grave de la situación. Entendámonos: en absoluto justifico lo que hizo. Quebrantó la confianza de su pareja cuando la dinámica de la relación no contemplaba terceras personas, y todo esto apenas tres meses después de conocerla. Aun así, que “haya engañado al amor de su vida” –expresión que, según miles de internautas y una servidora, quizá resulte excesiva para un sentimiento que duró lo mismo que una temporada de esquí– no me parece aquí el quid de la cuestión. Exponerla delante de millones de personas, sin su consentimiento y con la presión pública y mediática que ello supone, sí.

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