En la última década el sector gastronómico –local e internacional ha sufrido una transformación sin precedentes. Una nueva generación de chefs y perfiles creativos han inventado una infinidad de formas, inéditas y transgresoras, de interpretar la comida, a través de propuestas que, precisamente, trascienden lo culinario.
«Ver Aguas es diferente porque no funciona como un catering tradicional, sino como un micelio vivo, una red que conecta lugares, productores, artesanos y comunidades culturales para crear experiencias gastronómicas que van mucho más allá del servicio. Igual que el micelio opera bajo la superficie, el proyecto sostiene toda su cocina sobre una infraestructura invisible hecha de vínculos reales, prácticas sostenibles y conocimiento compartido». Así define la chef Laura Veraguas Martínez (Terrassa, 1984), el proyecto que alumbró durante la pandemia, y que hoy dirige de la mano de Andrea Escriche Junyent (Barcelona, 1989), la otra mitad de Ver Aguas, encargada de la gestión y producción del mismo.
Rosie Zopfi
La iniciativa nació con una premisa clara: generar un nuevo lenguaje gastronómico vinculado al territorio, las personas y el producto. «Nos diferenciamos no solo por lo que servimos, sino por cómo lo construimos: trabajamos desde relaciones simbióticas con los productores, desde la sensibilidad hacia los ciclos naturales y desde una plasticidad operativa que nos permite adaptarnos al entorno. Podemos dar servicio a 300 personas o concentrarnos en un formato íntimo de 50, optimizando recursos sin perder la esencia», explican sobre la naturaleza de la iniciativa.
Sus creaciones nunca pasan desapercibidas, ni a ojos de quienes encuentran sus bodegones publicados en redes sociales ni, por supuesto, a los paladares que tienen el privilegio de degustar sus delicias. Y es que si por algo destacan las bodas, eventos privados y acciones para marcas es por esa dualidad entre la excelencia culinaria y una estética impecable. «Se fundamenta en destacar la belleza del alimento. Nosotras buscamos que la comida sea la encargada de embellecer el espacio y no crear un entorno para que eleve la comida. Podríamos definir nuestra estética como la sobriedad mezclada con dosis de elegancia y sutileza», conceden.
Así, el continente que acoge cada uno de sus trabajos se convierte en un agente más de la propia instalación. De ahí que en su porfolio cuenten con una infinidad de proyectos que han llevado a cabo en lugares emblemáticos: «El escenario nos sirve de inspiración para generar nuestras propuestas gastronómicas. Nos interesa mucho su forma, su estructura, su materialidad y su funcionalidad. Intentamos intervenir el espacio lo menos posible para mantener la esencia del mismo y conseguir cierta coherencia con la propuesta. De alguna manera, la comida acaba motivando esta conexión imprescindible con el lugar, también hablando de él».
Entre esos marcos que menciona la dupla destacan construcciones con un valor arquitectónico incalculable, instituciones artísticas y culturales o parajes naturales. La Fábrica de Ricardo Bofill, la casa-taller del arquitecto en Sant Just Desvern; Ca l’Iborra, una casa señorial de estilo noucentista construida en los años treinta en Mataró; la Fundación Antoni Tapies, en el barrio de LEixample; o la Fábrica Formoryza en Arnés, Tarragona, son algunos de los enclaves en los que han obrado su magia.



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