28/06/2026

Vivir con TOC: hablemos del trastorno obsesivo-compulsivo que sufren casi dos millones de personas en España

Vivir con TOC trastorno obsesivocompulsivo

Javier Ruiz. Estilismo: Alba Roces

Es por ello que romantizar el TOC limitándolo al perfeccionismo o a tener los libros ordenados por colores no deja de ser un error que no contribuye en nada a quienes lo sufren, y es importante evitarlo. Un ejemplo mediático de ello fue el de Serena Williams, quien confesó en una entrevista ser “muy perfeccionista” y tener una auténtica fijación con sus uñas, algo que ella misma definía como “un pequeño caso de TOC”. Aunque –aclaraba– “totalmente autodiagnosticado”. Como remate, añadía que le venía de maravilla por la atención que prestaba al detalle en los entrenamientos. Una combinación de frases que, en conjunto, reflejan la ligereza con la que a menudo se trivializa este trastorno. Porque en realidad, el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) es, como explica María Cordón, psicóloga sanitaria contextual, “un trastorno de ansiedad que se manifiesta en forma de pensamientos obsesivos, intrusivos e inoportunos, que solo se calman –momentáneamente– con conductas repetitivas, también conocidas como compulsiones”. Estas, según la experta, pueden ser de dos tipos: observables –como lavarse las manos una y otra vez, alinear los objetos simétricamente o cerrar y abrir las puertas de forma casi coreográfica–; o encubiertas, las más difíciles de detectar, como contar mentalmente o repetir algún tipo de mantra para calmar el malestar que provoca el pensamiento inicial. Sí, mis favoritas. “El paciente con TOC sufre un miedo exagerado a sufrir algún daño, a que fallezca alguien cercano, a contagiarse o a contraer una enfermedad (él mismo u otra persona). Ese miedo, relacionado en gran medida con la pérdida del control, aparece a través de un pensamiento a priori inofensivo, pero que si se sobrealimenta puede convertirse en una amenaza real para la persona”. Algo así como niños jugando a no tocar la lava en un paso de cebra, pero con consecuencias emocionales reales y mucho menos divertidas. Y es que según la OMS, está entre las 20 enfermedades más incapacitantes del mundo por su impacto en la calidad de vida y la capacidad funcional. De hecho, a menudo trae consigo trastornos de ansiedad, depresión y, en algunos casos, también tics. Ilustrémoslo con cifras: se estima que entre el 1 y el 3 % de la población sufre trastorno obsesivo-compulsivo, lo que se traduce en aproximadamente 1.750.000 personas en España (aunque es probable que la prevalencia real sea superior, ya que muchos pacientes tardan en solicitar ayuda por vergüenza o porque inicialmente consideran que podrán llegar a controlarlo por sí mismos. Yo pasé mi vida a caballo entre ambos grupos). Y aunque parece estar de moda el decir “tengo TOC” cuando alguien te mueve un cuadro medio centímetro, el de verdad te atrapa y te sumerge en un bucle tan absurdo como angustiante. Y la parte más irónica es que eres plenamente consciente de que lo que estás haciendo no tiene sentido, pero eres incapaz de evitarlo porque crees que, de hacerlo, pasará. Y será por tu culpa.

En mi caso, mis compulsiones han pasado por distintas fases a lo largo de los años. Cuando estaba en la peor –en la que también me había dado por tocar madera compulsivamente siguiendo el mismo patrón, e iba por ahí con un collar de bolitas de madera de olivo superhippy y realmente feo–, recuerdo que mi novio de entonces me sujetó las manos para que no pudiese hacer mis “rituales” mientras veíamos las noticias del mediodía. Claro, sobra decir que el telediario y su catálogo de desgracias varias eran el interruptor ideal a mis muchas “manías”, así que se mascaba la tragedia. En realidad, era consciente de que su –desafortunado– gesto solo era un tosco intento por hacerme ver que no acabaría protagonizando ninguno de esos titulares por mucho que no pudiese hacer mi coreografía. Que yo no era el centro del universo, y que el destino no se decidía en función de que repitiese el mismo gesto mil veces o mil y una. Más tarde supe que aquello se conocía como terapia cognitivo-conductual, con exposición y prevención de respuesta (EPR para los amigos); básicamente, enfrentar las obsesiones sin hacer la compulsión. Bajado a tierra, es como si te metiesen en una habitación con una tarántula y te atasen de pies y manos. En otras palabras: el infierno en versión terapéutica. Y aunque hay estudios que aseguran que este tratamiento mejora los síntomas en el 60-80 % de los casos, a mí la verdad es que me dio exactamente igual. Lloré, me enfadé, discutimos y terminé rompiendo la relación, por este mismo orden. Total, había desgracias bastante peores que un desamor que sí podía evitar con mi collar horrible. A partir de entonces, mi vida continuó como si Buñuel la dirigiese; esto es, entre una sucesión de surrealismos. Porque, visto desde la distancia, asociar el hecho de tocar 38 veces madera con que a tus familiares no les atropelle un camión solo puede definirse con ese adjetivo. De nuevo, muy cinematográfico.

El problema (o la solución) llegó algunos años más tarde, con un recién descubierto pánico a volar y mi TOC aumentando exponencialmente a la cantidad de aviones a los que debía subirme. Es lo que tiene el miedo, que si le das alas crece, y el mío estaba ya en altitud de crucero. Ironías de la vida, por entonces comencé a salir con un piloto comercial, lo que lógicamente no ayudó demasiado: debía repetir incansablemente el gesto durante cada segundo de vuelo –independientemente de que este durase una u ocho horas–, era incapaz de sentarme en ciertas filas o asientos concretos y ni mucho menos levantarme hasta haber aterrizado, y no hablemos ya de despegar sin haberme despedido antes de mis contactos más cercanos. He llegado a no subir a un avión por falta de cobertura; ni DiCaprio en El aviador se atrevió a tanto.

El caso es que para poder volar sin que ello me costase la salud, creía entonces, debía convertirme en una experta en aeronáutica. Si aprendía a controlar la situación en la práctica lograría controlar, en teoría, también mi cabeza, así que fui a simuladores de vuelo, leí varios libros técnicos e incluso ahorré durante meses para empezar un curso de aviación. Hasta que un día cualquiera me cansé. Quien padezca TOC sabrá lo agotador que puede llegar a ser vivir siempre con miedo, y también que la solución no pasaba por saber aterrizar el avión en caso de emergencia porque, al fin y al cabo, nadie iba a salvarme a mí de mí misma. Viendo que aquello iba a ser una constante si no ponía remedio, decidí hacer caso a Radcliffe y, por fin, pedir ayuda.

Y aunque la premisa de mi primera consulta en terapia era poder subirme a un avión sin terminar en el camino la botella de whisky de 500 ml del duty free, el diagnóstico fue mucho más revelador. “Ya nos encargaremos de eso. Lo importante es que esos miedos que refieres están relacionados con la pérdida de control, y son parte de un TOC que lleva forjándose años y que es importante tratar”. Escuchar en alto aquellas palabras fue como poner nombre al monstruo que vive debajo de tu cama; asusta, pero al menos sabes a qué te enfrentas. Descubrí que hay terapias específicas para algo que pensaba que solo me ocurría a mí, que existe medicación y hasta grupos de ayuda. También, que no se conocen los motivos específicos que provocan su aparición, aunque sí se han identificado variables que intervienen o condicionan su desarrollo, como la biología (quienes padecen TOC presentan alteraciones en la secreción de serotonina), factores genéticos (aunque se desconoce cómo se transmiten), traumas infantiles o el propio aprendizaje. Pero, lo más importante: descubrí que tiene solución. Larga y compleja, sí, pero solución al fin y al cabo. Escribir este texto es un primer paso.

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