Podríamos afirmar sin miedo a equivocarnos que no hay anillo de compromiso sin piedra preciosa. Es una de las características fundamentales de este tipo de joyas. Y el diamante es la absoluta favorita. No es de extrañar que así sea, ya que es la piedra más dura de la naturaleza, la más resistente y por lo tanto, duradera, de ahí que se asocie a la eternidad, el atributo más característico del matrimonio. A día de hoy, las que buscan un punto de color que les diferencie del anillo clásico de pedida optan por piedras como la esmeralda o el zafiro. Pero esto no siempre fue así –al menos no para la realeza–.
De hecho, hoy recordamos la historia del anillo de compromiso que Eduardo VIII le otorgó a Wallis Simpson, convirtiéndose en la esmeralda más polémica y rebelde de la historia.
Wallis, nació en el seno de una familia humilde que contaba con una modesta residencia en Pensilvania. Se casó con el piloto de la Armada de EE. UU., Win Spencer, un tipo aficionado a la bebida incapaz de ofrecer a Simpson el nivel adquisitivo y social al que desde niña había aspirado. Se divorció y contrajo un segundo matrimonio con Ernest Simpson, un británico afincado en Nueva York al que le esperaba en Reino Unido el negocio familiar de transportes marítimos. Allí se mudaron y su cuñada comenzó a presentarle a la flor y nata de la alta sociedad londinense.
Un día de noviembre, cuando corría el 1930, conoció al príncipe Eduardo en una fiesta y pronto se hicieron amigos íntimos. Cuatro años más tarde él la invitó a ella, sin su marido, a un viaje en yate a Biarritz, embarcándose en una relación de lo más polémica que terminó colocándolos a ambos en los libros de Historia. “Quizá fue una de esas tardes cerca de la costa española cuando cruzamos la línea que marca la frontera indefinible entre la amistad y el amor”, escribió Wallis en sus memorias.
Ni el gobierno británico, ni la casa real ni tampoco la iglesia anglicana estaban preparadas para que el príncipe de Gales tuviera una relación con una mujer divorciada, cuyos ex maridos todavía seguían vivos. Cuando Eduardo subió al trono en 1936, tras el fallecimiento de su padre, Jorge V, informó a sus allegados de que pensaba casarse con Wallis apenas se resolviese su divorcio. La noticia fue un auténtico escándalo en Reino Unido y terminó provocando una crisis institucional, pero frente a las presiones, el nuevo rey no solo no renunció al amor, sino que tomó una decisión que dejó a todo el mundo con la boca abierta: abdicó del trono el mismo año en el que fue coronado. “Me ha resultado imposible soportar la pesada carga de la responsabilidad y desempeñar mis funciones como rey, en la forma en la que desearía hacerlo, sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo”, confesó en el discurso de renuncia. Así, se vio alterada la línea de sucesión en favor de su hermano, Jorge VI, padre de Isabel II.

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