27/06/2026

Se enteró por la radio. Habían expurgado las bibliotecas porque ya no tenía sentido conservar tantos libros. Casi nadie los usaba en un mundo más parecido a las oficinas viriles de un banco que a un ateneo sentimental. Era más rentable utilizar los viejos espacios para otros fines. A lo largo de dos días se cargaron de libros los camiones de la basura para llevarlos a un vertedero situado en la carretera del Progreso, a cien kilómetros de la ciudad. Las sombras polvorientas de las estanterías iban a ser habitadas por los negocios de siempre y los nuevos circuitos de la comunicación. Como un derrame de hidrocarburos en la corriente de un río, empezaron a extenderse las consignas de la utilidad, las prisas y los cálculos. Pero si yo creo en la utilidad, se atrevió a protestar un libro, mientras era agarrado por los operarios para lanzarlo al camión de la basura. Vamos a ver, yo siempre he pertenecido al futuro, quiso decir otro, y llevo entre mis páginas una idea de progreso, insistió, mientras su lamento se perdía camino del estercolero.

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