El hábito social que regula la inflamación y previene el desgaste celular
No decimos nada nuevo si afirmamos que las relaciones sociales sanas son un secreto de longevidad. Y que rodearse de personas tóxicas nos puede restar algún que otro año de vida (los expertos dixit también). El bienestar que aporta una quedada con amigos, una sobremesa eterna, una llamada de teléfono con alguien que quieres o una conversación improvisada en la que se habla de lo humano y lo divino es de sobra conocido. Pero puede que no lo sea tanto el efecto a nivel celular que tienen las relaciones sociales saludables, esas en las que todo fluye, hay sinceridad y cariño y un apoyo constante. Sin embargo, está científicamente comprobado que los encuentros no solo mitigan el estrés, sino que actúan contra la temida inflamación crónica de bajo grado, esa respuesta inmunitaria persistente y silenciosa que padece un importante porcentaje de la población y que mantiene al cuero en estado de alerta y lo hace mucho más sensible a enfermar (por no hablar de la sensación de cansancio, hinchazón y problemas digestivos que suele manifestar en el día a día). Nos lo explica la psicóloga Lourdes Ramón, de Palasiet Wellness Clinic, expertos en programas de longevidad.
“En el presente y a la larga, las relaciones sociales sanas regulan las vías de estrés. Las doctoras Blackburn y Epel explican que el estrés psicológico sostenido acorta los telómeros, mientras que sentirse acompañado y apoyado protege frente a este desgaste celular. La interacción social libera oxitocina, dopamina y endorfinas, neurotransmisores que reducen el cortisol, mejoran las conexiones prefrontales y favorecen la resiliencia emocional y plasticidad neuronal. A nivel inmunológico, las relaciones cálidas y estables disminuyen la inflamación de bajo grado y la reactividad del sistema inmune asociada al aislamiento”, explica. Y añade a modo de resumen: «En síntesis, las relaciones sociales son un factor antiestrés potente que protege nuestros telómeros, modula la inflamación, regula las hormonas y sostiene el bienestar psicológico, por eso se ha visto que son un nutriente biológico esencial”. Sin duda, buenas noticias para los que disfrutamos de las sobremesas largas, de las cenas con amigos en las que no se mira el móvil, de las conversaciones en las que estamos presentes, de las risas…
Los ecosistemas sociales protectores reducen el estrés
El estrés es el gran enemigo del envejecimiento, y no hablamos solo del que se ve, también del interno y silencioso. Precisamente las conexiones sociales de calidad –no tienen por qué ser grandes planes, simplemente se trata de compartir encuentros con presencia– son un gran amortiguador del estrés crónico. “Ayudan a crear un sentimiento de pertenencia y comunidad que favorece el desarrollo del propósito vital, nuestro ikigai como dicen los sabios japoneses: estar alineados con nuestro propósito, sentirnos valorados en nuestra comunidad influye en nuestra longevidad de forma notable. Un propósito de vida es un marco general que encuadra nuestros objetivos y dirige nuestras acciones; un aspecto clave de nuestra vida con profundas ramificaciones en la salud física y mental. Las personas que tienen un propósito vital claro lidian mejor con el estrés, tienen mejores parámetros de salud en general, sufren menos declive cognitivo y viven más”, explica Lourdes Ramón.
Las relaciones sociales sanas promueven los buenos hábitos
Otra de las consecuencias colaterales que tienen estas relaciones de calidad es que lo positivo se contagia y de alguna manera propicia tener hábitos más saludables. “Las relaciones sociales sanas regulan la amígdala, refuerzan la sensación de propósito, pertenencia y coherencia vital, y fomentan conductas saludables de manera natural (actividad física, alimentación compartida, rutinas)”, explica la experta de Palasiet. Sin duda, parece un plan sin fisuras, en todos los aspectos.

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