28/06/2026

Jonathan Anderson en Dior: “Lo que más me enfada es la falta de paciencia que tenemos, incluido yo mismo. Consumimos, descartamos y a lo siguiente. Eso destruye la creatividad”

Curiosamente, los looks se hacían eco del vocabulario que introdujo el nuevo director creativo en su debut masculino de junio, que a su vez presentaba elementos inspirados en la moda femenina, como aquel notable pantalón cargo de gran volumen, casi un polisón. Y es que, según me confirma Delphine Arnault, presidente y CEO de la compañía, la apuesta de Anderson a la hora de asumir un control tan inusualmente integral consiste en diseñar sendas colecciones de hombre y de mujer en tándem, no en paralelo, con el fin de dar vida a una “pareja Dior”. “Es una visión moderna: el look se ve tanto en los hombres como en las mujeres y es en cierto modo intercambiable”, dice la ejecutiva. Es una visión, además, que Anderson lleva persiguiendo desde sus inicios en su propia marca, cuando en 2013 causó sensación al diseñar para ellos unos shorts con volantes con silueta casi de minifalda.

Justin Vivian Bond, le actore, artista de cabaret y activista por los derechos de las personas trans, concede que Anderson es “uno de los primeros diseñadores que ha sabido cerrar realmente la brecha entre las colecciones masculina y femenina, siempre saca un tío o dos en la de mujer, y viceversa, y eso me dice mucho. No siento que sea forzado: es lógico y muy divertido”. Se conocieron hace 20 años, cuando Rufus Wainwright invitó al diseñador a un espectáculo de Bond en Londres. “Me hizo un gorro de punto con plumas, un abrigo cruzado como de armiño falso y una diadema increíble con moscas atrapadas en la redecilla, todo muy Jonathan”. Al poco tiempo, Anderson le pidió a Bond que actuase en su desfile de fin de carrera en el London College of Fashion. Desde entonces, no han dejado de colaborar, más recientemente en la ópera Complications in Sue, para la que Anderson diseñó el vestuario. “Pese a lo serio e intenso que es su trabajo, nunca ha perdido la fantasía”, dice Bond, “y eso es en parte lo que lo hace siempre tan interesante y le permite seguir evolucionando sin fin”.

Una de las palabras favoritas de Jonathan Anderson –a la que acude primero para transmitir elogio– es ‘radical’. “Lo radical no tiene por qué ser algo rimbombante, a veces lo radical es simplemente tratar de descubrir qué es lo nuevo”, me dice uno de los días. “Y lo nuevo para Dior no va a ser lo mismo que para Loewe”. Aunque la firma de raíces españolas es la más antigua del porfolio de moda de LVMH, ha funcionado la mayor parte de su historia como una empresa de artículos de piel, famosa por la experta artesanía de sus bolsos, con apenas prudentes incursiones en la confección de ropa. Anderson no solo trajo a la marca un nuevo impulso, sino, básicamente, enseñó al público a entender el estilo Loewe. “Necesitaba un lenguaje de moda propio”, dice. “¡Dior no lo necesita! Pero sí necesita desarrollar más los bolsos. Ahí todavía hay mucho margen”. El acto radical de Anderson nace, pues, de entablar yuxtaposiciones inéditas, propiciar que esto y aquello se relacionen de un modo novedoso. Evolucionar sin perder de vista lo que vino antes requiere de una mirada al pasado muy particular.

Pocos desfiles comienzan con una película de terror, la manera que tiene Anderson de intentar transmitir, a través del juego, el aterrador peso que se siente al tomar el cetro de una histórica casa de costura parisina, una que tras el propio Christian Dior, artífice del New Look de posguerra, ha acogido directores creativos tan gigantes y dispares como Yves Saint Laurent, John Galliano y muchos otros: el panteón intimida. “Nunca he estado bajo tanta presión”, confiesa. “Y no venía de mí, ni de la firma. Venía de ese sentimiento general de que urge salvar la moda. Me siento como en una utopía extraña. Concebí el film como una manera de poner al público en mi situación”.

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Charlie Jones con ‘total look’ de DIOR. Estilismo: Alex Harrington

Stef Mitchell. Vogue, primavera 2026.

Para el diseñador, casi cualquier trabajo es fruto de la lucha y la determinación. Su padre, Willie, fue capitán del equipo nacional de rugby de Irlanda (como apunta Guadagnino, “uno de los elementos mas representativos de la obra de Jonathan es la camiseta de rugby, cómo vuelve a ella a lo largo del tiempo y de las marcas es una maravilla”). Es su ejemplo de fuerza de voluntad, alguien que “salió de una granja lechera y decidió muy tarde, entre los 18 y 20 años, que quería ser jugador de rugby. En su época no era un deporte profesional. Si ganabas un partido, te pagaban una libra”. Resulta que su hermano Thomas también se dedicó a lo mismo.“Cuando veo la relación entre mi padre y mi hermano, lo competitivos que son, siempre pienso. ‘¡Menos mal que a mí no me va el rugby!’”, suspira. Y aun así, habiéndose criado en Magherafelt, un pueblecito de Irlanda del Norte, después de que lo rechazaran en la escuela de moda que contaba como primera opción, terminó asumiendo un rol psicológico muy parecido.

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