27/06/2026

La retrospectiva Hammershøi llega al Museo Thyssen: un refugio de quietud en la era del ruido

Curiosamente, sus primeras pinturas fueron retratos y paisajes como el que realizó a su hermana Anna o Paisaje con granero (1893), obras que despertaron la admiración de pintores como Auguste Renoir. Sin embargo, su lenguaje artístico comenzó a cristalizar cuando volvió la mirada hacia los interiores de su casa. Hammershøi omitía cualquier detalle anecdótico en estos lienzos; sus motivos eran deliberadamente prosaicos. La modernidad de sus pinturas reside en la forma de representarlos: una composición geométrica precisa, una luz filtrada que modela el espacio y una paleta reducida a una sinfonía de grises, blancos sutiles y negros profundos.

Viajero culto –visitó varios países como Francia, Inglaterra, Italia, Bélgica y Holanda, donde estudió a los maestros holandeses del siglo XVII–, su mayor fuente de inspiración fue el silencio doméstico. El resultado, son interiores que, incluso cuando están poblados por la figura de su esposa Ida –casi siempre de espaldas–, carecen de narrativa y tampoco traicionan la privacidad de sus habitantes. “Una cosa curiosa de Hammershøi es que todo el mundo puede proyectarse en sus obras”, comenta Marcellán. “Al final, él te deja ese espacio”.

Este universo de quietud inspira el título de la exposición: El ojo que escucha. “Hay una idea de la escucha muy presente, que viene de la asociación de su obra con el silencio”, explica la comisaria. El silencio que puede apreciarse en las figuras absortas, en la paleta contenida y en las pinceladas cortas, pero Marcellán quiso ir más allá del tópico, rastreando la sorprendente relación del pintor con la música –tocó el chelo, tuvo músicos entre sus mecenas– y encontrando un paralelismo fascinante con sus contemporáneos abstractos.

“Mientras Hammershøi se mantuvo figurativo, era contemporáneo de Kandinsky, para quien la música era esencial”, señala. “Kandinsky describía el blanco –un color clave en Hammershøi– como “un silencio lleno de posibilidades”, una pausa musical. Muchas de sus obras son esa pausa, esa expectación que precede al sonido y que es necesaria para escuchar”.

La escucha visual se potencia en la repetición obsesiva de sus motivos. En esta reiteración compulsiva que le poseía no pintaba otra cosa más que su apartamento, como si quisiera capturar una y otra vez aquello que se escondía detrás de la composición, de los muebles e inmortalizar el tiempo que parece suspendido en sus habitaciones. Es precisamente esa repetición con ligeras variaciones lo que hace que su obra se acerque a la de sus contemporáneos como Cézanne o Monet.

La exposición del Thyssen reunirá 90 obras para mostrar esta evolución: 71 de Hammershøi dialogarán con 19 piezas de artistas afines, como su amigo Carl Holsøe (de quien se exhibe una obra de la Colección Carmen Thyssen). “Algo muy interesante es que se va a poder ver a Hammershøi en el contexto de nuestra colección y en relación, por ejemplo, con Pieter de Hooch, que es un pintor holandés del siglo XVII que él admiraba mucho”, cuenta Marcellán. “Además de otros artistas como Friedrich o Hopper, al que se suele vincular junto a Vermeer y Hammershøi en una historia silenciosa de la pintura”. Para la comisaria, “hay millones de conexiones que vamos a poder aprovechar a raíz de su paso por el museo”.

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